Una de las preguntas más recurrentes en la religión es por qué los justos parecen ser quienes más sufren.
Para muchos, la respuesta obvia parece evidente: al obrar bien, naturalmente cayeron en el radar de Satanás, quien inició el sufrimiento.
Sin embargo, las Escrituras presentan repetidamente una secuencia de eventos diferente.
Esta diferencia es sutil, como un hecho fisiológico que se malinterpreta fácilmente.
La mayoría de las personas asumen que la necesidad de respirar se debe directamente a la falta de oxígeno. En realidad, en circunstancias normales, es principalmente la acumulación de dióxido de carbono la que desencadena la respiración. Dado que la baja concentración de oxígeno y la alta concentración de dióxido de carbono suelen presentarse juntas, se confunde la coincidencia con la causalidad.
Un error similar ocurre cuando se piensa en la tentación.
La bondad y la tentación severa suelen aparecer juntas, pero las Escrituras sugieren repetidamente que la bondad en sí misma no es el detonante inmediato.
El Libro de Job presenta este patrón con notable claridad.
Satanás regresa tras recorrer la tierra.
No comienza hablando de Job.
En cambio, Dios dice:
«¿Te has fijado en mi siervo Job?»
Solo después de esta alabanza divina, Satanás acusa a Job de su integridad.
Solo entonces comienza la prueba.
La secuencia es inconfundible:
- Afirmación divina.
- Acusación o desafío satánico.
- Permiso limitado para actuar.
- Tentación.
El mismo patrón aparece en los Evangelios.
En el bautismo de Jesús se declara:
«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».
Inmediatamente después, Jesús es llevado al desierto para ser tentado.
Una vez más, la afirmación precede a la tentación.
Incluso la confesión de Pedro sigue el mismo patrón, aunque de forma diferente.
Pedro reconoce públicamente a Jesús como el Cristo. Poco después, cuando Pedro se opone al sufrimiento que Jesús le espera, Jesús responde:
«¡Apártate de mí, Satanás!».
Una vez más, la alabanza y el reconocimiento van seguidos inmediatamente por la aparición de la fuerza acusadora.
El patrón es demasiado consistente como para ignorarlo.
Esto no significa que la justicia en sí misma cause tentación.
Más bien, las Escrituras presentan repetidamente la tentación como consecuencia del deleite divino en la justicia.
Dentro de una correcta comprensión teológica, este patrón se vuelve comprensible.
El Padre se deleita en cada criatura, sin mostrar parcialidad y extendiendo su amor a todos.
El deleite particular expresado en estas narraciones pertenece al papel revelador que cumple el Logos. El Logos se regocija cuando las criaturas verdaderamente libres permanecen fieles al Padre en circunstancias donde la fidelidad no puede explicarse por necesidad, ventaja o coacción.
Las Escrituras presentan a Satanás como la fuerza acusadora.
El acusador no puede permanecer en silencio cuando la justicia es elogiada públicamente.
La acusación sigue a la afirmación casi tan inevitablemente como una fuerza sigue a su propia naturaleza.
Esta perspectiva también arroja luz sobre otra promesa bíblica:
«Dios es fiel; no permitirá que sean tentados más allá de lo que puedan soportar».
Esta afirmación suele interpretarse mecánicamente, como si cada tentación se midiera con precisión matemática de antemano.
La realidad es más dinámica.
Los seres humanos no son máquinas.
Cada prueba se desarrolla dentro de la libertad de vivir.
El límite no es una fórmula rígida, sino la fidelidad constante de Dios, que nunca abandona a sus criaturas.
En este punto surge una objeción seria:
¿No sería cruel un mundo así?
Si las personas justas se convierten en el campo de batalla donde se demuestra la fidelidad, ¿acaso no se reduce eso a los seres humanos a instrumentos al servicio de otros?
Esta objeción sería devastadora si el sufrimiento terrenal fuera la realidad final.
Si la pérdida fuera permanente, si el dolor durara para siempre, si la muerte prevaleciera finalmente, entonces ninguna explicación podría eliminar el peso moral de tal sufrimiento.
La compensación por sí sola nunca sería suficiente.
Supongamos que un padre pierde a su único hijo.
Imaginemos que después recibe diez hijos más.
¿Se ha restablecido la justicia?
No.
El hijo único que se perdió sigue siendo irremplazable.
Supongamos además que el hijo original regresa con vida.
Incluso entonces, la restauración es incompleta.
El recuerdo de la pérdida permanece.
El terror permanece.
Las pesadillas permanecen.
El miedo a que vuelva a suceder permanece.
La paz perfecta aún no se ha restaurado.
La verdadera restauración, por lo tanto, requiere algo más profundo.
No solo debe regresar el hijo.
La pérdida misma debe, en última instancia, dejar de ser una realidad irreversible.
Solo entonces la paz puede ser completa.
Por eso el Evangelio presenta la resurrección como una reubicación.
La resurrección no es simplemente el regreso de lo perdido.
Es la restauración completa de la realidad misma por parte de Dios.
Nada verdaderamente bueno queda jamás dañado.
Nada precioso queda jamás roto.
Ninguna herida queda jamás abierta.
Incluso las tragedias más profundas se sanan finalmente desde su raíz.
Solo dentro de esta realidad se puede comprender la existencia de la tentación severa sin que Dios parezca cruel.
Las pruebas de este mundo son reales.
Las lágrimas son reales.
El dolor es real.
La fidelidad manifestada en ellas es real.
Sin embargo, ninguna de estas realidades puede ser la última palabra.
La reubicación implica que toda consecuencia del mal, por más que haya ocurrido, se deshace finalmente.
La restauración perfecta requiere una restauración perfecta.
Esta comprensión también transforma el significado de la victoria.
El propósito de la tentación no es producir bajas permanentes.
Tampoco es satisfacer alguna curiosidad divina.
Más bien, revela cómo puede ser el amor libremente elegido bajo la mayor presión imaginable.
Cuando alguien permanece fiel al Padre a pesar del sufrimiento, de la pérdida, del aparente abandono, la gloria pertenece enteramente a Dios.
Sin embargo, si alguien finalmente se derrumba bajo el sufrimiento, esto nunca debe entenderse como su fracaso definitivo.
Ninguna criatura finita posee resistencia infinita. Todo ser humano tiene límites.
El Evangelio revela constantemente a un Dios que busca salvar, no condenar.
Por lo tanto, la respuesta final al sufrimiento no puede ser un castigo eterno para quienes se quebrantaron bajo cargas demasiado pesadas.
La respuesta final debe ser la restauración completa.
El infierno mismo nunca es la consecuencia inevitable de fracasar en las pruebas de la vida.
Si alguien permanece separado de Dios, solo puede ser porque aún acepta libremente esa separación.
El propósito de Dios es siempre la restauración, nunca la pérdida irreversible.
Visto desde esta perspectiva, la prueba de los justos ya no es la historia de un universo cruel.
Se convierte en la historia de una creación en la que la verdadera libertad permite que se revele el amor genuino, mientras que el acto final de Dios asegura que nada verdaderamente bueno se pierda para siempre.
Solo una restauración completa como esta puede justificar la profundidad de las pruebas permitidas en el camino.
Solo una restauración como esta merece ser llamada perfecta.