Toda teología debe responder a una pregunta fundamental: cuando la Escritura dice «Dios dijo», ¿de quién es la voz que realmente escuchamos? ¿Es la del Padre hablando directamente? ¿Es la del Hijo? ¿O acaso la revelación misma emplea una forma literaria a través de la cual se comunica la verdad divina?
Esta pregunta va más allá del lenguaje. Determina cómo comprendemos todo el drama de la revelación. Si asumimos que cada declaración divina es una transcripción directa de la propia manera de hablar del Padre, muchos pasajes resultan difíciles de conciliar con el Dios que Jesús revela. Sin embargo, si la revelación misma posee una estructura pedagógica, estas aparentes tensiones comienzan a resolverse en un todo coherente.
Esta propuesta se basa en la distinción entre tres elementos que participan en la revelación.
El primero es el Padre, el único Dios verdadero, el Creador de todo lo que existe. El Padre es la fuente de todo ser, de toda vida y de todo amor. Nada puede aumentar su perfección, ni nada puede disminuirla. No busca adoración porque carezca de algo, ni su amor fluctúa según la obediencia humana. Al igual que el padre en la parábola del hijo pródigo, Él sigue siendo la fuente inagotable de vida y amor para toda su creación.
El segundo es el Logos, el Hijo de Dios. Confiado por el Padre con autoridad sobre la creación, el Logos se convierte en el revelador, educador y guía de la historia. Su misión no es simplemente revelar al Padre, sino conducir a la humanidad hacia Él. Cada pacto, cada profeta, cada mandamiento, cada advertencia y cada promesa sirven a esta misión educativa.
El tercer elemento no es otro ser divino, sino otra forma de revelación. Es el papel pedagógico a través del cual la revelación se manifiesta habitualmente. Este papel puede describirse como el Dios pedagógico de la revelación; no otro Dios junto al Padre o el Logos, sino el papel dramático a través del cual el Logos se dirige a la humanidad.
Nunca debe confundirse este papel con quien lo crea. Toda obra dramática distingue entre autor, actor y personaje. La revelación no es diferente. El Padre sigue siendo la realidad última hacia la cual apunta la revelación. El Logos es el autor y educador que dirige la obra. El Dios pedagógico de la revelación es el instrumento a través del cual ese drama se desarrolla ante la humanidad.
Esta distinción no debe interpretarse como un engaño. Se asemeja a las historias educativas con las que padres amorosos guían a sus hijos.
Un padre puede decirle a un niño pequeño: «Papá Noel premia a los niños que se portan bien». El padre no intenta manipular al niño con fines egoístas, ni pretende que el amor dependa de un comportamiento perfecto. El deseo más profundo del padre es simplemente amar a su hijo. Sin embargo, también comprende que los niños maduran mediante la responsabilidad, la disciplina y la formación moral. La figura de Papá Noel se convierte, por lo tanto, en un papel educativo dentro de una historia que enseña verdades apropiadas para la etapa de desarrollo del niño.
Cuando llega la Navidad, los regalos se dan, en última instancia, por el amor de los padres, no porque el niño haya alcanzado la perfección. La historia educativa y el amor incondicional de los padres no son, por lo tanto, opuestos. Pertenecen a diferentes niveles de la misma realidad.
La revelación puede entenderse de manera similar.
El Logos desea ante todo que la humanidad llegue a conocer, honrar y amar al Padre. Para lograrlo, emplea el papel pedagógico a través del cual la revelación suele hablar. Este papel ordena, advierte, juzga, interroga, promete, recompensa y disciplina. Despierta reverencia, responsabilidad y seriedad moral. Enseña a la humanidad cómo crecer hacia el Padre.
Por lo tanto, el papel pedagógico no debe confundirse con la disposición personal del Padre. Tampoco debe identificarse simplemente con la manera personal del Logos encarnado. Es la voz educativa a través de la cual el Logos guía la formación de la humanidad.
La Encarnación marca un punto de inflexión decisivo en este drama.
Por primera vez, el Autor mismo entra en escena, no como el Padre, sino como el Logos que ha estado dirigiendo todo el drama de la revelación desde el principio. La humanidad ahora se encuentra no solo con el papel pedagógico, sino con Aquel que ha estado hablando a través de él desde siempre.
Esto explica una de las características más notables de los Evangelios. Jesús, sin duda, continúa la obra de la revelación. Advierte, reprende y habla de juicio cuando es necesario. Sin embargo, su actitud personal revela constantemente algo más profundo. Sirve en lugar de dominar. Perdona en lugar de vengarse. Lava los pies de sus discípulos. Ora por sus verdugos. Acoge a los pecadores antes de que se hayan arrepentido. Su vida revela un amor incondicional, abnegado y completamente libre de cualquier preocupación por su propio estatus.
Aunque Jesús a veces habla a través de un rol pedagógico —por ejemplo, en advertencias proféticas o parábolas de juicio—, su propia persona permite cada vez más a la humanidad vislumbrar a Aquel que está detrás de ese rol. Los medios educativos permanecen, pero el carácter personal del Logos brilla a través de ellos con creciente claridad.
Cuando Jesús declara: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», esta afirmación adquiere un profundo significado. La humanidad ya no se encuentra solo con el rol dramático que ha guiado la revelación a lo largo de la historia. A través del Logos encarnado, la humanidad comienza a percibir la realidad hacia la que ese rol siempre ha apuntado. El Padre es visto no como un monarca que exige honores por sí mismo, sino como la fuente inagotable de vida cuyo amor siempre ha sustentado todo el drama de la revelación.
Esta comprensión no disminuye la autoridad de las Escrituras. Al contrario, explica su extraordinaria riqueza. Mandamientos, juicios, pactos, visiones proféticas, narraciones y parábolas se integran en un único drama didáctico dirigido por el Logos. Su propósito no es simplemente brindar información sobre Dios, sino formar a la humanidad en comunión con Él.
Esto nos lleva a un sencillo principio hermenéutico.
Antes de preguntarnos qué dice un pasaje sobre Dios, debemos preguntarnos primero a través de qué función pedagógica ha elegido hablar el Logos. Solo después de reconocer dicha función podemos comenzar a discernir la realidad a la que apunta.
La función pedagógica nunca existe por sí misma. Su único propósito es guiar a la humanidad a la comunión con el Padre. Cada mandamiento, cada advertencia, cada promesa, cada juicio y cada consuelo sirven a ese propósito superior.
Por lo tanto, el objetivo final de la revelación no es simplemente el conocimiento correcto de Dios, sino la participación en la vida del Padre mismo. El papel pedagógico sigue siendo el medio indispensable mediante el cual el Logos educa a la humanidad hasta que finalmente se pueda discernir la realidad que subyace a dicho papel.