Una de las dificultades más persistentes en la teología cristiana concierne a las afirmaciones de Jesús sobre la cercanía del fin. Al leer los Evangelios con atención, resulta inevitable la impresión de que Jesús hablaba con tremenda urgencia. El Reino estaba cerca. El Juicio se aproximaba. El Hijo del Hombre venía. El momento de arrepentirse era ahora.
Muchos lectores llegan, por lo tanto, a una conclusión incómoda: si el fin no llegó cuando la gente lo esperaba, entonces quizás Jesús se equivocó.
Las explicaciones tradicionales a menudo intentan resolver la situación reinterpretando el significado del tiempo. Algunos recurren a la idea de que un día para Dios es como mil años. Otros argumentan que Jesús se refería exclusivamente a la destrucción de Jerusalén. Otros más insisten en que toda referencia a la inminencia debe entenderse en sentido figurado.
Sin embargo, estas explicaciones suelen pasar por alto una cuestión más fundamental.
¿Y si Jesús nunca intentó funcionar principalmente como un profeta de eventos futuros?
¿Y si su propósito era didáctico?
¿Profeta o vaticinador?
Los lectores modernos suelen asumir que el propósito principal de un profeta es predecir eventos futuros. Bajo esta premisa, un profeta es juzgado principalmente por la precisión de sus predicciones.
Sin embargo, un vaticinador busca describir el futuro, mientras que los profetas de las Escrituras rara vez se preocupaban por satisfacer la curiosidad sobre el futuro. Su propósito era transformar a las personas en el presente.
Un vaticinador se preocupa por lo que sucederá.
Un profeta se preocupa por en quiénes se convierten las personas.
El objetivo de la profecía no es simplemente que las personas sepan lo que sucederá mañana. El objetivo es que se conviertan en personas diferentes hoy.
Vistas desde esta perspectiva, las advertencias de Jesús sobre la cercanía del fin comienzan a adquirir un carácter diferente. Su propósito principal quizás no fue establecer un calendario, sino despertar a las personas de la complacencia espiritual.
El instrumento educativo más poderoso
Los seres humanos somos expertos en la postergación.
Posponemos el arrepentimiento.
Posponemos la reconciliación.
Posponemos el autoexamen.
Posponemos la búsqueda de Dios.
Posponemos cada pregunta importante consolándonos con la idea de que siempre habrá más tiempo.
Un maestro que intente romper esta ilusión debe confrontar a los estudiantes con urgencia.
Una historia sobre la muerte de alguien capta la atención.
Una historia sobre el colapso de una nación capta aún más la atención.
Una historia sobre el fin del mundo capta la atención definitiva.
Y el anuncio de que tal fin podría estar cerca capta la atención como ninguna otra cosa.
Esto no se debe a que la gente disfrute escuchando tales advertencias, sino a que de repente se dan cuenta de que el lujo de posponer las cosas tal vez no exista.
La fuerza educativa reside precisamente en la urgencia.
Si el objetivo de Jesús era llevar a las personas a confiar inmediatamente en Dios, entonces las advertencias de un juicio inminente se convierten en uno de los instrumentos de enseñanza más eficaces imaginables.
El problema de un mensaje cómodo
Imagina una enseñanza alternativa.
Supongamos que Jesús hubiera dicho:
«Arrepiéntanse de inmediato si están entre los que morirán mañana. Los demás pueden descansar por ahora, porque su hora aún no ha llegado».
Un mensaje así sería prácticamente inútil.
Todos asumirían que la advertencia se aplicaba a otra persona.
El mismo principio se aplica a nivel colectivo.
Si se les dice a las personas que el fin está a miles de años vista, muchos concluirán naturalmente que no hay razón para actuar hoy.
Desaparece la urgencia.
El propósito educativo se ve frustrado.
El mensaje de Jesús ataca constantemente esta tendencia. Mediante parábolas sobre muertes inesperadas, juicios repentinos, amos que regresan sin previo aviso y puertas que se cierran inesperadamente, desmantela repetidamente la ilusión de que el mañana nos pertenece.
Cada muerte es el fin del mundo
Existe un problema más profundo con la objeción común de que las advertencias de Jesús se vuelven engañosas si el mundo no termina pronto.
Para cualquier individuo, la muerte no es menos significativa que el fin del mundo.
La persona que muere mañana pierde el acceso a todas las oportunidades futuras.
Todo plan inconcluso llega a su fin.
Toda decisión postergada llega a su fin.
Toda cuestión espiritual desatendida llega a su fin.
Desde la perspectiva de esa persona, el efecto práctico es indistinguible del fin del mundo.
Y mañana, sin excepción, alguien morirá.
Esto significa que la urgencia nunca está fuera de lugar.
Aunque el cosmos continúe durante otro millón de años, cada generación contiene personas a tan solo unas horas de su encuentro final con la realidad.
Por lo tanto, el llamado al arrepentimiento sigue siendo inmediato y relevante.
No porque el mundo deba terminar mañana.
Sino porque el mundo de alguien sin duda terminará.
«Solo el Padre lo sabe»
Las propias palabras de Jesús añaden otra dimensión fascinante a la discusión.
Al hablar del día y la hora, Jesús declara que solo el Padre lo sabe.
Esta afirmación suele interpretarse simplemente como una admisión de ignorancia.
Sin embargo, puede revelar algo más profundo.
Jesús se niega a presentarse como poseedor de un calendario público.
El futuro permanece bajo la autoridad del Padre.
El momento decisivo permanece genuinamente abierto desde la perspectiva humana.
Por lo tanto, Jesús no está diciendo:
«El fin ocurrirá sin duda mañana».
En cambio, está diciendo algo mucho más poderoso:
«No tenéis motivos para suponer que no ocurrirá».
Esta distinción lo cambia todo.
Una afirmación es una predicción.
La otra es un llamado a la preparación.
Libertad Divina y el Futuro
Existe otra dificultad al insistir en que Jesús debería haber anunciado un fin lejano.
Supongamos que Jesús hubiera declarado con certeza que el fin no podría ocurrir hasta dentro de dos mil años. Tal declaración limitaría, de hecho, la libertad divina.
Equivaldría a decir:
«El Padre no puede concluir la historia antes de esta fecha».
Pero la Escritura presenta precisamente lo contrario.
El futuro permanece bajo la autoridad de Dios.
La historia sigue siendo propiedad de Dios.
El momento sigue siendo prerrogativa de Dios.
Al negarse a fijar una fecha lejana, Jesús deja intacto el alcance ilimitado de la acción divina.
La posibilidad de una consumación inmediata permanece abierta.
Y dado que esa posibilidad permanece abierta, la preparación inmediata sigue siendo la única respuesta racional.
La verdadera pregunta
Todo el debate suele plantearse erróneamente.
La gente pregunta:
«¿Predijo Jesús correctamente el momento del fin?»
Pero quizás la pregunta más importante sea:
«¿Qué intentaba lograr Jesús al hablar de esta manera?»
Si su propósito era educativo en lugar de cronológico, entonces la urgencia de su mensaje se vuelve perfectamente comprensible.
Los seres humanos posponemos continuamente lo que más importa.
Jesús destruye la ilusión del tiempo ilimitado.
Él confronta a cada generación con la misma realidad:
No tienes garantizado el mañana.
Tu oportunidad de buscar a Dios es limitada.
El juicio final puede llegar antes de lo que imaginas.
Ya sea por la muerte personal, el juicio divino o el fin de la historia, la conclusión práctica permanece inalterable.
El arrepentimiento es para hoy.
La fe es para hoy.
La confianza en Dios es para hoy.
No porque un calendario haya revelado la fecha del fin, sino porque la suposición de que siempre habrá más tiempo nunca nos ha pertenecido.