¿Por qué se entristeció Pedro cuando Jesús le preguntó por tercera vez si lo amaba?
La respuesta habitual es que Pedro había negado a Jesús tres veces y ahora debía reparar esas negaciones con tres declaraciones de amor. La escena se convierte así en la restauración de un discípulo que había caído. Pero esta explicación depende de algo que debe establecerse primero: que Pedro había abandonado voluntariamente a Jesús y que, por tanto, su amor necesitaba ser restaurado.
Yo interpreto la escena de otra manera. El amor de Pedro nunca había cesado. Lo que se le había negado era la oportunidad de seguir a Jesús hasta el final en el momento concreto en que él deseaba hacerlo.
Una promesa antes de la negación
En la Última Cena, Pedro preguntó a Jesús adónde iba. Jesús respondió:
«Adonde yo voy, no puedes seguirme ahora; pero me seguirás más tarde».
— Juan 13:36
Ambas partes son importantes. Jesús puso un límite al seguimiento de Pedro, pero también prometió que este se cumpliría en el futuro. Pedro seguiría a Jesús; simplemente no podía hacerlo en aquel momento.
Pedro preguntó inmediatamente por qué no podía seguirle entonces y declaró que daría su vida por Jesús. Solo después de esta declaración predijo Jesús las tres negaciones.
La interpretación habitual convierte la promesa de Pedro en una confianza vacía, pronto desmentida por el miedo. Sin embargo, su conducta aquella noche merece ser tomada en serio. Desenvainó su espada. Siguió a Jesús hasta el patio de aquellos que lo habían arrestado. Eran actos peligrosos para alguien supuestamente preocupado, ante todo, por salvarse a sí mismo.
Pedro intentaba permanecer cerca. Intentaba ir precisamente adonde Jesús le había dicho que aún no podía seguirle.
Como he argumentado en mi análisis de la negación, Pedro se vio frenado por una interrupción temporal de su capacidad de reconocimiento y de su conciencia. Sus palabras negaron a Jesús, pero no expresaban un abandono elegido libremente. Cuando recuperó la conciencia, recordó lo sucedido y lloró.
Esta interrupción hizo posible la separación que Jesús ya había anunciado. Jesús afrontaría en solitario la prueba inminente; sus discípulos quedarían al margen. La determinación de Pedro no alteró el momento señalado.
El amor que siempre lo hacía volver
Tras la muerte de Jesús, Pedro corrió hacia el sepulcro. Más tarde, al reconocer a Jesús en la orilla, se arrojó al agua para llegar hasta él lo más rápido posible.
Existe aquí una continuidad que el lenguaje del amor restaurado oculta. Pedro siguió avanzando hacia Jesús. El patio, el sepulcro y la orilla revelan el mismo deseo: estar donde estaba Jesús.
Entonces Jesús le preguntó si lo amaba.
Pedro respondió que Jesús sabía que sí. Jesús le encomendó el cuidado de su rebaño. Luego vinieron otra pregunta, otra respuesta y otro encargo. Y entonces, la pregunta surgió por tercera vez.
Juan nos dice que Pedro se entristeció porque Jesús le preguntó por tercera vez. Pedro apeló al conocimiento de Jesús:
«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo».
— Juan 21:17
Esta apelación plantea una de las dificultades centrales de la explicación convencional predominante. Si Pedro hubiera negado conscientemente a Jesús tres veces para protegerse, tal seguridad sonaría extraordinariamente audaz. Su conducta reciente contrastaría con la misma certeza que pedía a Jesús que reconociera.
Cabe imaginar que la culpa hiciera dolorosas las preguntas reiteradas. Pero esa posible explicación no resuelve lo que está sucediendo aquí. Deja pendiente para el lector la tarea de explicar por qué Pedro apela con tanta firmeza al conocimiento de Jesús como testigo de su amor.
En la interpretación que aquí se propone, dicha apelación tiene un significado directo. Jesús conoce el amor que llevó a Pedro a exponerse al peligro. Sabe por qué Pedro lo siguió hasta el patio. Sabe por qué Pedro se ha apresurado a ir hacia él una y otra vez.
Pedro no necesita inventar una lealtad renovada. Necesita que Jesús reconozca la lealtad que ha estado presente todo el tiempo.
Por qué duele la repetición
Imagina la conversación desde la perspectiva de Pedro.
Él había querido seguir a Jesús hasta la muerte, pero se lo habían impedido. Ahora Jesús estaba de nuevo ante él. Pedro se había apresurado a llegar hasta él. Sin embargo, se vio respondiendo a la misma pregunta una y otra vez.
¿Qué más podía decir? ¿Qué faltaba todavía? ¿Seguía cerrado el camino para seguir a Jesús?
Desde esta perspectiva, la tristeza de Pedro expresa el dolor de un amor que no logra comprender por qué debe seguir declarándose. Él apela a la única persona que conoce toda su historia. Su respuesta transmite la urgencia de alguien a quien ya se ha hecho esperar.
Finalmente, Jesús se muestra plenamente de acuerdo y habla de la vejez de Pedro, cuando otro lo atará y lo llevará adonde no quiera ir. Juan explica explícitamente que estas palabras señalan la muerte con la que Pedro glorificaría a Dios. Inmediatamente después, Jesús dice:
«Sígueme».
— Juan 21:19
Aquí vuelve a cobrar sentido la promesa hecha durante la cena. Pedro no pudo seguirle entonces; le seguiría más tarde. Ahora se anuncia su futura muerte y se le da la orden de seguirle.
Esto no significa que Pedro deba morir de inmediato. Jesús habla de su vejez. El cuidado del rebaño pertenece a la vida que tiene por delante; el martirio, a su culminación final.
Todo tiene su tiempo
Por tanto, la triple correspondencia sigue siendo significativa. En tres ocasiones se impidió a Pedro seguir adelante con Jesús. Ahora, en tres ocasiones, Jesús se dirige a él y le confía una responsabilidad, antes de anunciar el camino hacia su propia muerte.
Exigir una reparación por una interrupción impuesta contra la voluntad de Pedro convertiría su protección en un cargo en su contra. Se le acusaría de no haber hecho aquello que Jesús ya había dicho que no podía hacer en aquel momento.
Por eso cuestiono la interpretación cristiana habitual de esta escena. Esta tiende a poner en duda —de forma superficial— la devoción de Pedro, a calificar de cobardía la interrupción de la que fue objeto y a considerar su nueva llamada como una compensación por un amor fallido.
La conexión entre Juan 13 y Juan 21 ofrece otra lectura. La disposición ya existía. Solo faltaba que llegara el momento. El amor de Pedro lo llevaba continuamente hacia Jesús. Durante la cena, aquel seguimiento había quedado pospuesto. A orillas del mar, su futuro le fue confiado.
«Me seguirás más tarde» era una promesa. «Sígueme» era la llamada renovada.