Mateo 5:17 – “No he venido a abolir la Ley, sino a cumplirla.”
Hermanos y hermanas,
Hoy escuchamos a Jesús decir algo fácil de leer rápidamente, pero difícil de comprender por completo. Dice: “No piensen que he venido a abolir la Ley. No he venido a abolir, sino a cumplirla.” A menudo escuchamos sermones sobre el significado de “cumplir”. La gente debate si Jesús hizo la Ley más estricta, más suave o más profunda. Pero hoy quiero que nos hagamos una pregunta más básica. Una pregunta que casi nadie se hace, pero que el pasaje mismo exige.
¿Quién es este hombre que habla así de la Ley de Dios?
Imaginen que entran al ayuntamiento, se presentan ante el consejo municipal y anuncian: “¡Escuchen todos! No he venido a abolir las leyes de su ciudad”. Lo primero que el consejo les preguntaría es: “¿Quiénes son ustedes?”. ¡Y esa sería una buena pregunta! Porque solo alguien con la autoridad para cambiar las leyes necesita decir si vino a abolirlas o no.
Ningún profeta del Antiguo Testamento dijo jamás: «No he venido a abolir la Ley», porque ningún profeta podría siquiera soñar con abolirla. Moisés nunca lo dijo. Isaías nunca lo dijo. Jeremías nunca lo dijo. Los profetas no hablaban así porque la Ley no les pertenecía.
Pero Jesús sí habla así.
Y eso nos dice algo sorprendente.
Jesús habla de la Ley no como un estudiante, ni como un comentarista, ni siquiera como un profeta… sino como quien la conoce a la perfección porque Él mismo la escribió.
No en secreto, ni por su cuenta, sino con plena confianza y autoridad que le dio su Padre.
Permítanme explicar esto en términos sencillos.
La Escritura nos dice una y otra vez que Jesús, el Hijo de Dios, es completamente obediente al Padre. Él dice: «El Padre es mayor que yo», y cuando los discípulos le preguntan sobre el momento de su regreso, responde: «Nadie lo sabe, solo el Padre». Jesús nunca habla con arrogancia ni independencia. Nunca se atribuye poderes que no le pertenecen.
Y es precisamente por eso que lo que dice sobre la Ley es tan extraordinario.
Cuando se trata del día final, Jesús dice: «Ese momento lo decide el Padre».
Cuando se trata del futuro, dice: «Si Dios quiere».
Cuando se trata de su misión, dice: «Yo fui enviado».
Pero cuando se trata de la Ley, su lenguaje cambia por completo.
Él no dice: «Si Dios quiere, la Ley permanecerá».
Él no dice: «Que yo sepa, la Ley no cambiará».
Él no dice: «El Padre me dijo que nada pasará».
Él dice: «Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni la letra más pequeña de la Ley desaparecerá».
Lo dice como alguien que sabe.
Lo dice como alguien que decide.
Lo dice como alguien que tiene autoridad sobre ello.
Amigos míos, esa confianza solo le pertenece a un legislador, a alguien que tiene el derecho de crear y preservar la Ley.
Y Jesús tiene ese derecho porque el Padre se lo confió.
En otras palabras, Jesús no es simplemente el mensajero de los mandamientos de Dios; es su arquitecto.
No es el carpintero contratado para construir la casa,
sino quien diseñó el plano con la plena aprobación de su Padre.
Cuando se para en el monte y dice: «Oísteis que se dijo… pero yo os digo», no está ofreciendo un comentario.
No está mejorando a Moisés.
No está corrigiendo a Dios.
Habla como el autor original que regresa para explicar sus propias palabras.
Por eso su enseñanza se siente tan fresca, tan directa, tan autoritaria. Por eso la multitud decía: «Habla con autoridad, no como los maestros de la Ley».
Porque Él es la autoridad.
Seamos claros: Jesús nunca afirma ocupar el lugar del Padre.
Nunca dice ser el Padre Todopoderoso.
Nunca anula la relación de obediencia y amor entre Él y el Padre.
Pero el Padre, en su sabiduría y confianza, le dio al Hijo un verdadero reino, un verdadero ámbito de responsabilidad, y la Ley formaba parte de ese ámbito.
Por eso Jesús puede decir, con perfecta calma y certeza, que ni una sola tilde de la Ley se apartará a menos que Él así lo decida.
Y porque es fiel, porque es bueno, porque es sabio y justo, decide no abolirla, sino cumplirla.
¿Qué significa para Él cumplirla?
Significa que vino a mostrar cómo es realmente cuando la Ley se vive con el corazón que Dios quiso:
no distorsionada por el orgullo humano,
no corrompida por la autocomplacencia,
no usada para juzgar a otros,
sino vivida desde el amor, la misericordia y la verdad.
Él cumple la Ley al encarnar su verdadero propósito:
formar un pueblo que refleje el carácter de Dios.
Así que cuando Jesús dice: «No he venido a abolir la Ley»,
no está diciendo: «Por favor, no me malinterpreten».
Está diciendo: «No piensen que vine a deshacer mi propia obra».
La Ley lleva sus huellas.
Y cuando el Autor entra en la historia, no arranca sus capítulos anteriores, sino que revela su verdadero significado.
¿Qué significa esto para nosotros hoy?
Significa que Jesús no es solo nuestro maestro.
No es solo nuestro Salvador.
También es nuestro Legislador: Aquel que moldea nuestras vidas, define nuestro camino, ordena nuestros pasos y sabe exactamente cómo debe vivirse la vida humana, porque Él es quien escribió las instrucciones.
Y porque Él escribió la Ley, solo Él puede guiarnos a su cumplimiento.
No cargándonos con reglas,
sino transformando nuestros corazones para amar lo que Él ama,
para buscar lo que Él busca,
y para vivir como Él quiso que se viviera desde el principio.
Oración final
Señor Jesús,
tú que promulgaste la Ley en el Sinaí,
y que la repitiste en el monte de Galilea,
escribe tus mandamientos en nuestros corazones.
No como cargas,
no como amenazas,
sino como las palabras sabias y vivificantes de Aquel que nos conoce,
que nos formó,
y que nos ama.
Enséñanos a confiar en tu autoridad
y a caminar en la libertad de tu Ley, cumplida en amor.
Amén.