Hermanos y hermanas,
Hoy nos encontramos con un versículo del Evangelio que, a primera vista, puede resultar aterrador.
Se trata de Mateo 18:6, donde Jesús habla de una piedra de molino atada al cuello de una persona y arrojada al mar.
Para muchos, este versículo ha causado miedo o confusión.
Algunos lo han interpretado como una amenaza.
Algunos imaginan a Jesús gritando, maldiciendo o señalando con el dedo con justa ira.
¿Pero es ese el Jesús que conocemos?
¿Es Él quien acalla a la gente?
¿Es Él quien aplasta la caña débil?
¿Es Él quien se deleita en amenazar con destrucción?
No.
Las Escrituras nos dicen lo contrario:
“No gritará ni alzará la voz… No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante”. —Isaías 42:2-3
Jesús nunca obligó a la gente a arrepentirse.
Los amó hasta el arrepentimiento.
Así que, volvamos a analizar este difícil versículo desde la perspectiva de Aquel que lo pronunció.
1. Jesús amaba al ofensor tanto como a la víctima
Jesús se preocupaba profundamente por los débiles, por los pequeños, por el creyente humilde que confía en Él con un corazón sencillo.
Pero también se preocupaba —sí, se preocupaba profundamente— por el ofensor.
¿Por qué?
Porque el niño herido sufre por un momento,
pero el ofensor arrogante corre el riesgo de perder su alma.
Por eso Jesús dedicó tanto tiempo a hablar con los fariseos.
No porque los odiara, sino porque los amaba lo suficiente como para confrontar su orgullo.
Si no le importara, se habría alejado y los habría abandonado a su suerte.
En cambio, se comprometió, suplicó, advirtió y se lamentó. No con gritos, sino con lágrimas:
“Jerusalén, Jerusalén… ¡cuántas veces quise reunirte!”
Este es el corazón de Cristo.
2. Una palabra dura pronunciada con voz suave
Las palabras de Jesús sobre la piedra de molino no fueron pronunciadas con un juicio.
Fueron pronunciadas con dolor,
con compasión,
con la serena intensidad de quien ve a un alma amada caminar hacia un precipicio.
Imagina a un médico diciéndole a un paciente:
“Si sigues por este camino, te destruirá.
Por favor, regresa mientras aún hay tiempo”.
El médico no está enojado.
Está suplicando.
Las palabras de Jesús sobre el mar y la piedra de molino son las palabras suplicantes de un Salvador
que ve la enfermedad del orgullo crecer dentro de una persona
y no puede soportar la idea de que esa persona perezca.
3. ¿Cuál es el verdadero peligro del que habla Jesús?
Jesús no está describiendo una ejecución.
Está describiendo una condición dentro del corazón.
El peligro no es que Dios esté esperando ahogar a la gente.
El peligro es el fuego de la autocomplacencia, una especie de luz interior que ciega a la persona y la lleva a juzgar a los demás, a menospreciar a los pequeños, a sentirse superior.
Ese fuego destruye la compasión.
Destruye la humildad.
Y, en última instancia, puede destruir el alma.
Jesús dice:
“Si este fuego está dentro de ti,
haz lo que sea necesario para extinguirlo”.
4. La piedra de molino como símbolo de arrepentimiento radical
En tiempos de Jesús, el agua era símbolo de humildad: la extinción del orgullo.
Por eso el bautismo es inmersión.
Es ahogar al viejo yo.
La piedra de molino es simplemente una imagen de acción decisiva: no permitir que el orgullo vuelva a surgir.
El punto de Jesús no es:
“Quiero que seas castigado”.
Su punto es:
“Quiero que seas salvo”.
Es mejor ahogar tu orgullo ahora,
mejor dejar que tu ego muera ahora,
que dejar que arda sin control hasta que no quede nada.
5. Un Salvador que lamenta, no condena
Cuando Jesús pronunció estas palabras,
no imaginaba enemigos que deseaba destruir.
Imaginaba a hijos e hijas amados que deseaba rescatar.
Imaginaba el orgullo que arruina la fe.
Imaginaba el fuego interior que ciega el corazón.
Y con la dulzura predicha por los profetas,
decía:
“Déjalo ir.
Sumerge ese orgullo profundamente en las aguas de la humildad.
Te salvará”.
6. Nuestra invitación de hoy
Hermanos y hermanas, cada uno de nosotros lleva una chispa de orgullo.
Cada uno de nosotros se siente tentado a sentirse superior, a juzgar, a criticar, a herir.
Jesús nos invita, con gentileza, a ahogar ese orgullo antes de que nos haga daño y dañe a otros.
Deja que las aguas del arrepentimiento te inunden.
Deja que el Espíritu te infunda humildad.
Deja que Cristo apague cualquier fuego interior que no provenga de su amor.
Esto no es una amenaza.
Es un rescate.
Es la advertencia más compasiva jamás pronunciada.
Conclusión
El Jesús de Mateo 18:6 no es un Salvador violento.
Es un Salvador amable que dice verdades duras con suavidad.
No grita.
No quebranta la caña cascada.
No condena con ira.
Advierte porque ama.
Advierte porque el orgullo destruye.
Advierte porque quiere que todos sus hijos, incluso los tercos, los arrogantes y los ofensores, sean salvos.
Que escuchemos su advertencia en el tono que Él quiso:
un tono de amor,
de tristeza,
de profunda compasión,
y de esperanza inagotable para cada alma.
Amén.