Amados, miremos a nuestro alrededor, a este mundo cansado, que lucha sin descanso y teje sin cesar su red de trabajo, y reconozcamos el antiguo patrón que atrapa el alma. La escasez y el esfuerzo son gemelos. Donde aparece uno, le sigue el otro. Juntos forjan los barrotes del infierno.
En griego, skótos significa oscuridad, la ausencia de luz, la escasez de iluminación. En la misma lengua, ponērós, «mal», nace de pónos, «trabajo» y «carga». El mensaje no podría ser más claro: vivir alejado de la luz divina es entrar en una vida de trabajo sin fin.
El mal no es un monstruo que nos persigue; es el cansancio que llena un corazón separado de la gracia. Es el campo que aran sin lluvia, el pan que hornean sin levadura, el amor que intentan ganarse en lugar de recibir.
Pero los hijos de la luz viven según otra ley: la ley de la abundancia. No se esfuerzan por crear luz; simplemente la descubren. Sus manos están abiertas, su trabajo fluye desde el descanso, sus dones se multiplican. Porque donde reina la luz, no hay escasez, y donde no hay escasez, el trabajo pierde su significado.
El infierno no es un pozo en la tierra, sino el reino de la autosuficiencia total, el lugar donde el alma cree que debe ser su propio dios. Y cuando una criatura intenta sostenerse a sí misma separada de la Fuente, arde de agotamiento. Ese es el verdadero fuego del infierno: la fricción del esfuerzo propio sin fin.
Ven, pues, a la luz. Sal de la escasez.
Deja que la abundancia fluya de nuevo. Porque cada rayo de luz divina lleva consigo el susurro:
«No tienes que esforzarte para existir. Fuiste creado para recibir, para brillar y para descansar».