Mis amados hermanos y hermanas,
Realmente no entiendo por qué hay quienes consideran la oración una obligación. ¿Cuál es el objetivo final? ¿Que no sea necesaria la oración? ¿Les conviene esto? La gente solo quiere cumplir con la oración obligatoria y seguir con su miserable vida lo más rápido posible. Si la sienten como una obligación, tal vez no tengan fe y estén desperdiciando su "precioso" tiempo. La gente lo ve como una simple casilla que marcar, como si el Reino Celestial estuviera a solo un número de casillas de distancia. Pero no funciona así. El número de casillas que marcar nunca terminará, sino que seguirá aumentando. Si la gente no llega a la conclusión de que la postración ante Dios es más valiosa que el mundo y todo lo que hay en él, jamás entrarán.
El verdadero problema no es la cantidad de oración, sino que muchas personas la experimentan principalmente como una interrupción. Quieren minimizar la obligación para que la "vida real" pueda continuar sin interrupciones. Pero esto plantea de inmediato una pregunta devastadora: si la comunión con Dios se siente como una carga que roba tiempo de la vida, ¿qué se entiende entonces por vida?
La ironía es impactante. La gente afirma buscar el Cielo mientras, al mismo tiempo, trata la orientación directa hacia Dios como algo que debe completarse lo más rápido posible. La oración se reduce a una casilla que marcar, un requisito mínimo, una transacción para asegurar una recompensa futura mientras se preserva la máxima autonomía terrenal en el presente.
Pero si el Cielo es verdaderamente la cercanía a Dios, entonces tal actitud ya revela una contradicción en el alma misma.
Desde esta perspectiva, la narrativa del Miʿrāj expone la contradicción con brutal claridad. A la humanidad se le presenta la posibilidad de una existencia centrada casi por completo en Dios, y la reacción inmediata es una negociación a la baja:
menos oración,
más espacio para la continuidad mundana,
más espacio para dormir,
trabajar,
proyectos,
comodidad,
autocuidado,
identidad terrenal.
Esta reducción se celebra como misericordia precisamente porque la humanidad todavía prefiere fundamentalmente la Tierra.
Necesitamos replantear la oración por completo. La oración no debe funcionar como un sistema burocrático de cuotas donde la salvación se desbloquea tras completar suficientes rituales. Si se aborda mecánicamente, la lógica es interminable. Una casilla siempre lleva a otra porque el corazón mismo permanece inmutable. La satisfacción externa no puede sustituir el deseo transformado.
La cuestión más profunda radica en lo que una persona realmente valora.
Si la postración ante Dios no se experimenta como algo superior a las ambiciones mundanas, entonces la religión inevitablemente se convierte en una gestión de obligaciones en lugar de un anhelo genuino de lo divino. Una persona puede cumplir técnicamente con los requisitos mientras interiormente permanece orientada hacia la existencia terrenal como el verdadero objeto de amor.
Por eso la pregunta no es:
“¿Cuánta oración se requiere?”
sino más bien:
“¿Qué desea realmente el alma?”
Si alguien ve la oración simplemente como tiempo que se le quita a la “vida real”, entonces la existencia terrenal ya ha sido elegida como la realidad principal. El cielo entonces se imagina no como la unión con Dios, sino como una continuación mejorada del deseo mundano.
Por el contrario, la lógica subyacente a la lectura del Miʿrāj sugiere que la entrada al Reino requiere una inversión de la valoración misma. El alma debe llegar a ver la cercanía a Dios no como un sacrificio de la vida, sino como la vida en su forma más elevada. Hasta que no se produzca esa inversión, ninguna valoración religiosa externa podrá salvar la brecha, porque el corazón sigue midiendo la presencia divina en función de la utilidad mundana.
Y en ese sentido, la humanidad continúa repitiendo el mismo descenso descrito en la historia: siempre alejándose de la orientación total hacia Dios para preservar un poco más de la Tierra.