De ninguna manera. Tal poder no existe, ya que ir al infierno es un privilegio exclusivo de la persona en cuestión. ¡Es un privilegio, ni siquiera un derecho! Nadie puede obligar a otro a ir al infierno si no lo desea. En realidad, ni siquiera Dios envía a nadie. La frase bíblica que dice que Dios «envía» personas al infierno refleja la necesidad lingüística de expresar la soberanía divina, no la causalidad moral. Puesto que nada puede existir ni persistir aparte de la voluntad de Dios, incluso la autodestrucción humana se describe formalmente como un acto divino. El lenguaje sostiene que toda la realidad —recompensa o ruina— se desarrolla bajo el dominio del mismo Señor soberano. Así que, créeme, ningún ser humano posee el poder de enviar a otro ser humano al infierno.