(Un comentario narrativo sobre la pregunta de Juan y la respuesta de Jesús)
Juan el Bautista está encarcelado en la prisión de Herodes. Es el gigante de su generación, y su propio cuerpo lo atestigua. Endurecido por el desierto, vestido con pelo de camello, alimentándose de langostas y miel silvestre, clama contra el pecado y la corrupción. Sus brazos han sumergido a miles de personas en el Jordán y las han vuelto a sacar. Pocos hombres tenían la fuerza para bautizar a multitudes día tras día. Juan sí la tenía.
Y, sin embargo, desde su celda oye los informes: Jesús de Nazaret está curando a los ciegos, limpiando a los leprosos, expulsando a los demonios, resucitando a los muertos, llevando buenas noticias a los mendigos y a los lisiados.
Pero, ¿dónde está el fuego? ¿Dónde está el hacha en la raíz del árbol, la horquilla en la mano, el Mesías que limpiaría la era y quemaría la paja con fuego inextinguible? Juan le había dicho al pueblo: «Viene uno más poderoso que yo». Había pintado un cuadro de un gigante más grande que él mismo. ¿Y qué llega? Un frágil hijo de carpintero que pasa sus días entre los más humildes.
Así que Juan envía mensajeros: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?».
Encuentran a Jesús no en un trono, sino entre los quebrantados. Y Jesús no discute. No truena ni hace alarde de su poder. Simplemente dice: «Id y decid a Juan lo que veis y oís. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les predica la buena nueva. Y bienaventurado es aquel que no tropieza por causa de mí».
Es una confesión amable. Jesús no niega las dudas de Juan. No reprende la pregunta. Admite: Sí, soy este tipo de Mesías. No derrocaré a Roma. No formaré ejércitos. No soy el gran gigante que esperabais. Soy el siervo de los más pequeños. No os avergoncéis de mí.
Cuando los mensajeros se marchan, Jesús se dirige a la multitud. Defiende el honor de Juan: «¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. ¿Un hombre vestido con ropas delicadas? No. Fuisteis a ver a un profeta, y más que a un profeta. En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no ha surgido ninguno mayor que Juan».
Sí, Juan era el más grande, el profeta gigante, la cúspide del antiguo orden. Pero entonces llega el trueno: «Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él».
La paradoja queda al descubierto. La grandeza de Juan residía en su fuerza, su fuego y su estatura. Pero el nuevo reino mide la grandeza por lo contrario: la debilidad abrazada, la humildad aceptada, la pequeñez recibida. El frágil Mesías que sufre con los pecadores inaugura este reino. E incluso el discípulo más pequeño que se aferra a él supera al profeta más grande que jamás haya existido.
Así termina la escena. Juan sigue siendo el gigante de la antigua alianza, encarcelado por los reyes, admirado por las multitudes. Jesús da un paso al frente como el frágil Mesías, rechazado por las expectativas, pero cumpliendo silenciosamente el plan de Dios. El escándalo permanece: ¿Tropezarás con su debilidad o verás en ella el poder de Dios?