Introducción: el problema que nos negamos a aceptar
La interpretación dominante de Juan 9 y Juan 11 —compartida, irónicamente, por gran parte del cristianismo convencional y por sus críticos ateos— se basa en un único supuesto: el instrumentalismo. Según esta perspectiva, la ceguera y la muerte se permiten, se prolongan o incluso se organizan para que Dios pueda posteriormente manifestar su poder o asegurar su gloria. Un hombre debe ser ciego durante décadas para que un día pueda convertirse en una señal. Lázaro debe descomponerse durante varios días para que ningún escéptico pueda negar el milagro.
Esta interpretación es moralmente problemática, textualmente frágil y teológicamente corrosiva. Peor aún, desplaza el centro de gravedad del propio Jesús hacia el espectáculo. Produce un Dios que maneja el sufrimiento para causar efecto, y luego parece sorprendido cuando los críticos lo acusan de crueldad.
Este ensayo rechaza el instrumentalismo en todas sus formas: burdo, refinado y sutil. En cambio, argumenta que el Evangelio de Juan presenta la fe no como confianza en la protección divina frente al sufrimiento, sino como confianza en un Mesías frágil cuya misión incluye la muerte, y cuya gloria se revela no a través del espectáculo, sino mediante la compasión restauradora. Lo que parece una demora no es una manipulación pedagógica. Lo que parece un fracaso de la fe es a menudo el colapso de una fe falsa. Y lo que parece un milagro es, en su nivel más profundo, el restablecimiento de la realidad misma.
1. El falso consuelo de las explicaciones instrumentales
Las lecturas instrumentalistas suelen apelar a dos afirmaciones joánicas:
Juan 9:3: «para que las obras de Dios se manifiesten en él»
Juan 11:4: «esta enfermedad no es de muerte… es para la gloria de Dios»
Estas frases se leen comúnmente como causales: el sufrimiento ocurrió para que Dios pudiera actuar posteriormente. Pero la gramática no lo exige, y la narrativa no lo respalda. Estas afirmaciones identifican dónde aparecerá la obra restauradora de Dios, no por qué se causó o prolongó el sufrimiento.
Una vez que se asume el instrumentalismo, el daño moral es inmediato. El sufrimiento se convierte en un medio. La demora en una estrategia. La compasión se vuelve condicional. A partir de esta premisa, las objeciones ateas prácticamente se escriben solas, y es comprensible. Pero esas objeciones no se dirigen a Jesús tal como aparece en el texto, sino a una construcción teológica que se le impone.
2. Fe que cree, y aun así fracasa
Una defensa común del instrumentalismo afirma que las personas en Juan 11 ya tenían suficiente fe. Después de todo, Marta y María dicen: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». ¿No demuestra esto la creencia en el poder de Jesús?
Sí, pero también revela los límites de esa creencia.
Esta fe es sincera, pero incompleta. Supone:
que la presencia de Jesús garantiza la prevención,
que el amor garantiza el aislamiento de la catástrofe,
que la acción divina debe ocurrir antes de la muerte, no a través de ella.
Esta es la fe del Mesías protector. Confía profundamente en Jesús, pero dentro de un marco de expectativas moldeado por la proximidad, la relación y el tiempo. Se asemeja a la fe de Nazaret en los Sinópticos: «Haz aquí lo que hemos oído que hiciste en otro lugar». También se asemeja a la teología fatalista de quienes creían que Dios intervendría en el último momento para salvar el Templo. En cada caso, la fe se entrelaza con el derecho y la predicción.
En contraste, la fe del centurión es impactante precisamente porque rechaza todo esto. No se basa en la presencia, el privilegio, la etnia ni el tiempo. No le pide a Jesús que venga. No da por sentados los resultados. Su humildad libera su fe del control.
El lamento repetido de las hermanas —«Si hubieras estado aquí»— no es, por lo tanto, la cumbre de la fe, sino evidencia de una fe aún no transformada. Es una fe que aún no puede imaginar a un Mesías que permite la muerte.
3. El ingrediente que falta en una fe plena: un Mesías frágil
En el núcleo del problema reside una omisión teológica. La verdadera fe debe incluir no solo la confianza en el poder divino, sino también la aceptación de un Mesías frágil, alguien que puede sufrir, ser arrestado y morir sin oponer resistencia.
Si el Mesías mismo enfrentará la muerte física, entonces no es una falta de fe que sus amigos también la enfrenten. La fe que exige un rescate constante es incompatible con la cruz venidera.
Por eso Jesús no reprende la doctrina de Marta sobre la resurrección futura, pero tampoco la considera suficiente. La teología correcta aún no es una fe madura. La fe debe sobrevivir a la experiencia de la pérdida sin caer en la negación ni en la acusación.
4. Retraso sin propósito: por qué «por qué Jesús esperó» no tiene respuesta
El evangelista nos dice que Jesús se quedó dos días más tras enterarse de la enfermedad de Lázaro. No nos dice por qué.
Este silencio no invita a la especulación; es una limitación. Cualquier afirmación de que Jesús esperó para producir cierto efecto psicológico, pedagógico o narrativo reintroduce el instrumentalismo por la puerta trasera.
Incluso explicaciones refinadas, como «Jesús esperó hasta que la expectativa humana se derrumbó», siguen siendo instrumentales. Presuponen que Dios debe manipular el tiempo para que las cosas salgan bien. Pero el Jesús joánico no opera bajo tales restricciones. Todo lo que hace ya es correcto. Siempre que lo hace, ya es apropiado.
La declaración posterior de Jesús —«Me alegro de no haber estado allí»— se entiende mejor no como evidencia de una planificación previa, sino como un reconocimiento retroactivo. Descubre significado en lo ocurrido. Se regocija no porque la muerte fuera útil, sino porque ahora puede servir en el proceso de enseñar a los discípulos. El regocijo encaja con el reconocimiento; No encaja con la orquestación.
5. María recordada antes de actuar: la fe se desarrolla a través de la muerte
Juan 11:2 presenta a María haciendo referencia a un acto que aún no ha ocurrido: su unción de Jesús en el capítulo siguiente. Esta dislocación temporal a menudo se descarta como una conveniencia literaria. Pero su función teológica es más profunda.
En Juan 12, María unge a Jesús no para el triunfo, sino para la sepultura. Jesús no reinterpreta su acción; declara su intención. Ella ha aceptado la posibilidad —y el significado— de la muerte del Mesías. No exige rescate. Se prepara para la pérdida sin desesperanza.
Al identificar a María de antemano, el evangelista permite al lector ver la fe en acción. La mujer que una vez dijo: «Si hubieras estado aquí» se convierte en la mujer que puede aceptar que el Mesías mismo morirá. El suceso de Lázaro no fortalece su expectativa de milagros; madura su comprensión de la muerte.
6. Lo que los discípulos deben aprender
Jesús les dice a sus discípulos que la muerte de Lázaro contribuirá a su fe. ¿Pero fe en qué?
Ni en el espectáculo. Ni en la eficacia divina. Ni siquiera en la resurrección como doctrina abstracta.
Deben aprender que la muerte no niega la misión. Que la pérdida irreversible no implica abandono. Que lo que están a punto de presenciar en el propio Jesús —arresto, humillación, ejecución— no será el final de la historia.
Es dudoso que realmente aprendan esta lección en ese momento. Los Evangelios sugieren que no la captan plenamente hasta más tarde. Pero esto no niega la enseñanza. Algunas verdades solo se pueden comprender después de vivirlas.
7. Gloria, restauración y compasión
En Juan, la gloria no son fuegos artificiales. Es la realidad que se endereza.
Jesús no llora porque Lázaro esté muerto en un sentido definitivo. Llora porque sus seres queridos experimentan la muerte como definitiva. Su compasión no surge de la derrota, sino del dolor compartido. Dios no experimenta la muerte como una pérdida, sino que experimenta el dolor humano como dolor.
Esto es de suma importancia. Significa que Dios no siempre previene el sufrimiento, pero nunca abandona a quienes sufren. Incluso cuando la fe se derrumba, la compasión permanece activa. Dios puede actuar no porque la fe lo exigiera, sino porque el amor lo movía.
8. Dos tipos de fe
La fe del Mesías protector pregunta:
"¿Por qué no impediste esto?"
La fe del Mesías frágil pregunta:
"¿Estás con nosotros en el sufrimiento?"
La primera busca aislamiento.
La segunda busca presencia.
La primera se derrumba en la cruz.
La segunda sobrevive.
Conclusión: lo que finalmente enseña la historia de Lázaro
La resurrección de Lázaro no es una promesa de que los creyentes evitarán la muerte. Es una revelación de que la muerte no tiene autoridad final. No enseña que Dios interviene según lo previsto. Enseña que el tiempo no define la fidelidad.
El sufrimiento no se prepara para la gloria. La demora no es una estrategia divina. La fe no es confianza en el rescate. La gloria es restauración, no espectáculo. Y la compasión no espera a que la fe se perfeccione.
En definitiva, el Evangelio de Juan no nos invita a admirar a un Mesías poderoso que previene el sufrimiento. Nos llama a confiar en un Mesías frágil que entra en él y que, sin artificios, un día arreglará toda la realidad.