Una de las características más notables de la enseñanza de Jesús es que subvierte repetidamente el razonamiento humano ordinario. Sus dichos no solo son sorprendentes; parecen contradecir la lógica misma por la que las personas se rigen naturalmente. Quien quiera salvar su vida, la perderá. Quien se humille, será exaltado. Los últimos serán los primeros. El grano de trigo debe caer en la tierra y morir antes de dar fruto. Estos no son aforismos aislados dispersos a lo largo de los Evangelios. Juntos revelan un único principio subyacente: una ley que rige el Reino de Dios.
Se suele asumir que Jesús critica la oración pagana porque los paganos utilizan una técnica religiosa ineficaz. Usan demasiadas palabras, por lo que sus oraciones fracasan; los cristianos, en cambio, deben usar menos palabras, más puras y correctas, para que la oración sea efectiva.
Todo enfoque práctico debe comenzar con una base sólida. Si la base es errónea, todo lo que se construya sobre ella acabará derrumbándose. Mi comprensión de los demonios se basa en un principio que, al principio, puede sonar extraño, incluso ofensivo:
El problema de la aflicción demoníaca corresponde principalmente al exorcista.
Una de las cuestiones más malinterpretadas en materia de religión es la relativa al propósito de adorar a Dios. Muchas personas dan por sentado que la adoración es algo que Dios exige a los seres humanos, como si el Creador hubiera creado a la humanidad con el fin de recibir alabanzas. Esta idea lleva a los críticos a plantear una pregunta habitual: ¿por qué un Dios perfecto y autosuficiente necesitaría la validación de sus propias criaturas?
La pregunta surge de una suposición errónea sobre la naturaleza de la adoración.
Dios es perfectamente justo. El pecado viola su santidad y su ley. La justicia exige castigo. Dado que los humanos no pueden pagar la pena, Cristo la lleva en su lugar. Su muerte satisface la justicia divina para que Dios pueda perdonar sin comprometer su rectitud.
La distinción puede quedar muy clara si no la planteamos simplemente como «hacer algo» frente a «confiar en Dios». Eso sería demasiado simplista. La verdadera distinción se encuentra entre los medios creados y los medios espirituales rivales.
Un buen principio rector podría ser:
Podemos cooperar con Dios a través del orden creado, público y corporal; pero no debemos imitar, invocar ni participar en un orden espiritual oculto como si fuera otro canal de protección o poder.
Es fundamental tener clara una distinción cuando hablamos de confianza en Dios, oración, acción humana y protección contra el daño. Una persona puede orar a Dios pidiendo alimento, seguridad, sanación y liberación del peligro; sin embargo, esta oración no le exige permanecer inactiva como si la providencia divina excluyera el uso del cuerpo, la mente y la creación. Al contrario, los medios ordinarios por los cuales una persona recibe alimento, seguridad y salud forman parte del orden mediante el cual Dios obra.
Confieso a Jesucristo como el Hijo de Dios y Señor.
No lo oculto. No lo suavizo. No lo reinterpreto para que sea socialmente aceptable. Es el centro de mi fe y lo proclamo abiertamente.
Al mismo tiempo, no experimento ninguna contradicción al estar en una sinagoga musulmana donde se afirma el monoteísmo estricto y donde se dice que «Dios no tiene hijo».
Para muchos, esto suena imposible. Suena a compromiso, duplicidad o confusión. No es ninguna de estas cosas.
Mi razonamiento se basa en cómo entiendo la relación entre el Padre y el Hijo.