Hablemos del misterio de la muerte y resurrección de Jesús, y de por qué los cristianos y los musulmanes parecen estar en desacuerdo, aunque ambos puedan estar en posesión de partes de la misma verdad.
Los cristianos dicen: Jesús fue crucificado, murió, fue enterrado y al tercer día resucitó.
Los musulmanes dicen: No lo mataron, no lo crucificaron, sino que se hizo creer que así fue.
A primera vista, parecen afirmaciones opuestas. Pero, ¿y si fueran dos formas de ver un mismo acto divino?
Pensemos en los Evangelios. Nunca nos muestran el momento real de la resurrección. Nadie ve «despertar» al cadáver en la tumba. Lo que ven es el resultado: una tumba vacía, paños doblados, ángeles anunciando que se ha ido.
¿Y cuando aparece? Nunca se le encuentra sentado en la tumba. Siempre llega de otro lugar: caminando con los discípulos por el camino, apareciendo de repente en una habitación cerrada con llave, cocinando pescado en la playa. Incluso desaparece en un instante.
Esto no parece un hombre saliendo de una tumba. Parece alguien que se ha trasladado a un nuevo marco de existencia: vivo, íntegro, libre.
¿Los guardias de la tumba? Tiemblan ante un ángel, no ante Jesús saliendo de ella. Informan de una tumba vacía, no de un hombre resucitado que pasa junto a ellos. Ese silencio lo dice todo.
Y fíjense: el Jesús resucitado no muestra ningún trauma. Ninguna debilidad, ninguna cicatriz psicológica. Sus heridas están ahí, pero solo como signos de reconocimiento. Está tranquilo, alegre, intacto.
Entonces, ¿qué está pasando realmente? En la historia, los testigos realmente lo vieron morir. Su testimonio permanece. Pero Dios no permitió que la muerte lo retuviera. En cambio, Dios lo trasladó a la vida, al marco donde la muerte no puede aferrarse.
Y aquí es donde se abre el puente:
Los cristianos tienen razón: fue crucificado, murió y resucitó.
Los musulmanes tienen razón: no lo mataron, porque en la realidad final de Dios nunca estuvo en poder de la muerte.
Un misterio, dos testigos.
Lo que los humanos vieron: la muerte.
Lo que Dios declaró: la vida.
Y esa es la esperanza para todos nosotros. La muerte no es la última palabra. Dios es más grande.