Había una vez un gran valle entre dos montañas.
En una montaña se alzaba un manantial de agua cristalina; en la otra, un horno que ardía sin cesar.
Entre ellas se extendía una tranquila pradera donde los vientos de ambas alturas se encontraban a menudo.
Un hombre llamado Adán vivía en el valle.
Llevaba una pequeña brasa en el pecho, tan pequeña al principio que apenas la notaba.
Pero con el paso de los años, la brasa se avivó.
Ardía cada vez que exigía justicia, cada vez que se comparaba con los demás, cada vez que juzgaba en su corazón.
Y aunque se decía a sí mismo que solo defendía la verdad, era el orgullo lo que alimentaba la llama.
Pronto la brasa se volvió dolorosa, y el calor se extendió por sus huesos.
Buscó alivio.
Un día, conoció a un profeta curtido, un hombre de extremidades fuertes y voz feroz, que vivía cerca del manantial en la primera montaña.
"Tu corazón arde", dijo el profeta. "Déjame apagarlo".
Adán miró el manantial que fluía hacia un pequeño estanque a los pies del profeta.
“Solo necesito un poco de agua”, insistió. “Vierte un poco sobre mí”.
“No”, dijo el profeta. “Tu fuego es profundo. Para tales llamas, debes sumergirte”.
Se metió en el agua e hizo una seña a Adán para que se uniera a él.
Pero Adán dudó.
El estanque era profundo y frío.
“¿Esto me purificará?”, preguntó.
“No es purificación lo que necesitas”, dijo el profeta. “Es ahogar: ahogar esa parte de ti que insiste en tener razón, en estar probado, justificado y ser superior. Debes estar de acuerdo con la verdad, incluso cuando hiera tu orgullo”.
El profeta señaló el agua.
“Entra, y la llama se reducirá. Resiste, y crecerá”.
Adán permaneció allí un largo rato, temblando.
Finalmente, se metió en el agua. El profeta lo sujetó con fuerza, con la fuerza suficiente para soportar su peso, y lo bajó hacia atrás.
Por un instante, Adán se sintió ingrávido, indefenso, como si se estuviera muriendo.
Entonces el profeta lo levantó.
Al incorporarse, sintió frescor en el pecho.
La brasa se atenuó.
“Eres libre por ahora”, dijo el profeta. “Pero el fuego regresa si el corazón se enorgullece de nuevo. Deja que el viento de la otra montaña te guíe”.
Adán le dio las gracias y se adentró en el prado.
Días después, se encontró con un amable Maestro sentado en una piedra, hablando con niños y marginados.
El viento soplaba suavemente a su alrededor, aunque no había tormenta.
Adán se sentó ante Él y preguntó:
“Maestro, el agua del profeta refrescó mi corazón, pero la brasa no se ha apagado. Temo que vuelva a resurgir. ¿Qué debo hacer?”
El Maestro sonrió.
“Déjate llevar”.
“¿Llevar? ¿Por quién?”
“Por el aliento de Dios”, dijo el Maestro. “Por el viento que se mueve sin ser visto. El hombre humilde se vuelve ligero, y así el viento puede levantarlo. Si tu corazón está abatido, el Espíritu te llenará. Y la llama no puede regresar, porque el orgullo no puede encenderse donde sopla el viento”.
Adán sintió la brisa que lo envolvía.
Entró en sus pulmones y pareció asentarse en su corazón.
La brasa casi se desvaneció.
El Maestro añadió:
“Pero quien rechaza la humildad, quien se aferra a su rectitud, no será levantado por el viento. Se vuelve pesado. Y todo lo pesado cae”.
Adán se inclinó agradecido y siguió caminando.
Más abajo en el valle, se encontró con una tercera figura: un anciano que nunca había visitado el manantial ni se había sentado con el Maestro.
Su pecho ardía ferozmente y sus ojos estaban cansados.
“¿Por qué caminas tan cerca del horno?”, preguntó Adán.
El hombre rió con amargura. “Al menos aquí estoy caliente. Y nadie me dice qué debo hacer.”
“Pero el horno es peligroso”, dijo Adán.
“El mundo es peligroso”, respondió el hombre. “Mejor arder en mi propio fuego que rendirme.”
Mientras hablaban, un temblor sacudió la tierra.
Una piedra se desprendió bajo los pies del hombre.
Resbaló, y antes de que Adán pudiera alcanzarlo, cayó en un pozo que se abrió junto al horno.
Al instante, las llamas surgieron a su alrededor; no llamas enviadas para castigarlo, sino su propio fuego, enorme e incontenible.
El valle resonó con su grito.
No lo habían empujado; había caído en lo que se había convertido.
Adán lloró.
Una voz a sus espaldas dijo: “Todo corazón es bautizado. Los orgullosos se sumergen en el fuego porque rechazan el agua. Los tercos caen en las llamas porque no se dejan llevar por el viento.”
Adán se giró. Era el Maestro.
“Maestro”, susurró Adán, “¿no hay esperanza para él?”
“El fuego en el que cae es el fuego que alimentó”, dijo el Maestro. “Si hubiera permitido que el agua lo enfriara o que el viento lo levantara, no habría caído. No es Dios quien arroja a un hombre a las llamas. Es el hombre que rechaza cualquier bautismo más suave”.
El Maestro le puso una mano en el hombro.
“Recuerda esto:
Quien se humilla se vuelve ligero, y el viento lo sostendrá.
Quien se niega a doblegarse se vuelve pesado, y el fuego lo reclamará.
Cada alma elige su propia inmersión”.
Y juntos caminaron de regreso al prado, donde la brisa soplaba suavemente y la primavera brillaba bajo el sol.