«No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos, sino a cumplirlos» (Mateo 5:17).
Cuando la gente lee las palabras de Jesús en Mateo 5:17 —«No he venido a abolir la Ley, sino a cumplirla»—, suele centrarse en una pregunta: ¿Debilitó Jesús la Ley, la fortaleció o la reinterpretó? Pero si nos detenemos un momento y escuchamos a Jesús con una nueva perspectiva, empezamos a comprender que el verdadero misterio no reside en lo que pretendía hacer con la Ley, sino en la autoridad que debía tener para hablar de ella de esa manera. Porque ningún maestro común, ni siquiera el más grande profeta, se habría puesto ante Israel para decir: «No piensen que he venido a abolir la Ley». Un profeta no necesita decir esto, porque nadie imaginaría que un profeta tuviera el poder de abolir la Ley de Dios. Sin embargo, Jesús advierte a sus oyentes que eviten precisamente esta sospecha, como si la posibilidad de que Él pudiera abolir la Ley fuera tan real que necesitara aclarar sus intenciones. Esta inusual declaración invita a una observación más profunda: Jesús habla como alguien que mantiene una relación única con la Ley, alguien cuya llegada podría, de hecho, cambiarla. Y solo un tipo de persona encaja en esa descripción: su autor.
Esto se hace más evidente cuando prestamos atención a cómo Jesús habla de la Ley en los versículos siguientes. Declara con absoluta certeza que ni la más mínima señal de la Ley desaparecerá hasta que el mundo mismo desaparezca. No dice: «Creo que la Ley perdurará» ni «Hasta donde yo sé, no cambiará». En cambio, habla como si la permanencia de la Ley fuera algo que Él pudiera garantizar. Esa clase de confianza no puede pertenecer a un maestro ni a un predicador. Pertenece a un legislador, a alguien que sabe con exactitud qué sucederá con la Ley porque su futuro está en sus propias manos. Jesús no predice la longevidad de la Ley; la promete. Y eso plantea una posibilidad asombrosa: tal vez Jesús ve la Ley no como algo distante de Él, sino como algo que siempre ha estado bajo su jurisdicción.
Esta idea puede resultar sorprendente, especialmente porque Jesús suele hablar con humildad y sumisión en otros asuntos. Dice que no sabe el día de su regreso. Dice que el Padre es mayor que Él. Ora al Padre y depende de Él para obtener fuerza y guía. Todo esto es cierto e importante. Sin embargo, estos momentos nos muestran algo crucial: Jesús solo expresa incertidumbre en áreas que se encuentran fuera de la esfera de autoridad que le ha sido otorgada por su Padre. Cuando algo pertenece al dominio exclusivo del Padre, como el momento final de la renovación del mundo, Jesús habla con cautela. Con humildad, reconociendo sus límites. Pero cuando habla de la Ley, su tono cambia por completo. Aquí no duda. Aquí no se muestra reticente. Aquí habla como quien tiene el control, quien sabe con exactitud lo que sucederá y lo que no. Este contraste sugiere que el Padre confió a Jesús un ámbito muy específico y significativo: la creación, la administración y el destino continuo de la Ley misma.
Esto nos lleva a una imagen poderosa y elegante de la relación entre Dios Padre y Jesús el Hijo. En este modelo, el Padre es la fuente suprema de toda autoridad; nada existe fuera de su voluntad. Sin embargo, como parte de su divina generosidad y confianza, le otorga al Hijo un ámbito real en el que actúa con verdadera autoridad soberana. El Hijo no se limita a transmitir mensajes ni a dar órdenes. Se le confía la libertad creativa para diseñar, dar forma e implementar la Ley misma que guiaría al pueblo de Dios. El Padre aprueba y se deleita en la obra del Hijo, no porque la controle minuciosamente, sino porque confía plenamente en él. No se trata de una competencia entre dos figuras divinas. Armonía, cooperación y propósito compartido dentro de una relación de amor.
Una vez que comprendemos esta dinámica, el Sermón del Monte adquiere un significado muy diferente. Cuando Jesús dice: «Habéis oído que se dijo… pero yo os digo», no actúa como un rabino que ofrece una nueva interpretación, ni como un profeta que proclama una nueva palabra de Dios. Actúa como un legislador que regresa para explicar sus intenciones originales. Su objetivo no es reescribir la Ley, sino descubrir su esencia: el significado que siempre tuvo desde el principio, pero que los seres humanos habían perdido por malentendidos, orgullo y una aplicación selectiva. Y es precisamente por eso que Jesús puede elevar el estándar moral de forma tan radical: no porque contradiga a Moisés, sino porque Él es la mente detrás de la Ley de Moisés, y ahora revela cuál era el verdadero propósito de esa Ley.
Considerar a Jesús como el verdadero legislador también ayuda a explicar por qué usa la palabra «cumplir» en lugar de «obedecer». Jesús no cumple la Ley como un estudiante cumple una tarea, sino como un arquitecto cumple un plano: materializando lo que siempre estuvo planeado desde el principio. Vive el propósito de la Ley de una manera única, revelando que su verdadero objetivo no era el mero cumplimiento, sino la transformación de corazones marcados por la misericordia, la pureza, la honestidad y la reconciliación. Jesús no reemplaza la Ley con algo nuevo, sino que revela su intención más profunda, la que Él mismo sembró en ella.
Esta comprensión también nos ayuda a apreciar la relación equilibrada y hermosa entre el Padre y el Hijo que describen los Evangelios. Jesús no es idéntico al Padre, ni pretende serlo. Escucha al Padre, se somete a Él y depende de Él. Sin embargo, al mismo tiempo, actúa con una autoridad que supera a la de todos los profetas y maestros, especialmente al hablar de la Ley. Esto no es confusión ni contradicción, sino cooperación dentro de una familia divina. El Padre confía al Hijo el poder real, y el Hijo lo usa en total armonía con la voluntad del Padre. Su unidad no radica en ser la misma persona, sino en una relación perfecta de confianza y misión compartida.
En definitiva, ver a Jesús como el verdadero legislador da vida al Sermón del Monte. No es simplemente una lista de preceptos morales; es el Legislador mismo explicando su obra maestra. Es el autor interviniendo en su historia para mostrar cómo debían entenderse sus capítulos anteriores. Es aquel que forjó la alianza regresando para restaurar su belleza original. Lejos de ser un mero intérprete de Moisés, Jesús se presenta como aquel cuya sabiduría, compasión y autoridad dieron a la Ley su estructura y propósito desde el principio. Y no vino a desecharla, sino a llevarla a la plenitud que solo su Autor podía lograr.