En el Evangelio de Mateo 7:21, Jesucristo pronuncia una declaración impactante e inquietante:
«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos».
A primera vista, la enseñanza parece sencilla: la confesión verbal es insuficiente; se requiere obediencia. Pero en el momento en que nos preguntamos qué constituye exactamente «la voluntad del Padre», el pasaje se revela en algo mucho más profundo y presente en los Evangelios de lo que a menudo se reconoce.
La voluntad del Padre no está oculta
La voluntad del Padre no se deja en ambigüedad. Se revela explícitamente en la declaración divina registrada en los Evangelios:
«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; escúchenlo».
Este momento, preservado en relatos como el Evangelio de Mateo 17:5, funciona como la clave interpretativa. El Padre mismo define su voluntad: escuchar al Hijo.
Así pues, el mandato de Mateo 7:21 no es un moralismo abstracto. Es concreto y directo:
- Hacer la voluntad del Padre = escuchar a Cristo
- Escuchar a Cristo = seguirlo
La estructura es perfecta. No hay separación entre el Padre y el Hijo, ni autoridad contrapuesta, ni camino dividido.
¿Qué significa escuchar a Cristo?
Escuchar, en el sentido evangélico, no es oír pasivamente. Es obediencia activa. ¿Y qué manda Cristo constantemente?
A lo largo de las enseñanzas de Jesucristo, el énfasis vuelve una y otra vez a un patrón reconocible:
- Ser como niños pequeños (humildad por encima del estatus)
- Servir a los demás en lugar de dominarlos
- Negarse a uno mismo en lugar de afirmarse
- Y sobre todo: someterse y adorar al Padre como el único Dios verdadero
Seguir a Cristo, por lo tanto, no es simplemente admirarlo, ni siquiera confesarlo, sino entrar en su modelo de vida, que es la sumisión total al Padre.
Cristo no se presenta como un destino alternativo, sino como un camino vivo que conduce a través de la obediencia al Padre.
El fracaso de «Señor, Señor»
Por eso se rechaza la frase «Señor, Señor» en Mateo 7:21. Representa una forma de religión que es:
- verbalmente correcta,
- emocionalmente intensa,
- pero existencialmente vacía.
Es posible confesar a Cristo en voz alta y, sin embargo, negarse a vivir como Él vivió. Tal confesión se desvincula de la obediencia y, por lo tanto, de la voluntad del Padre.
La crítica no se dirige contra el hecho de llamar a Jesús «Señor» en sí mismo, sino contra la sustitución de la transformación por la confesión.
La aparente excepción: Cuando se acepta a Cristo como «Señor»
Sin embargo, los Evangelios presentan un matiz importante: lo que podría parecer un caso excepcional.
Hay momentos en que las personas se postran ante Cristo, lo llaman «Señor» y no son rechazadas. Estos momentos suelen ocurrir cuando Cristo:
- sana a los enfermos,
- expulsa demonios,
- revela la autoridad divina.
En tales casos, reconocer a Cristo como «Señor» no es una mera expresión. Es un reconocimiento del poder de Dios manifestado a través de Él.
Aquí sucede algo profundo:
Honrar a Cristo en el acto del poder divino es, en realidad, honrar al Padre que obra a través de Él.
Como Cristo mismo insiste repetidamente:
- «El Padre que mora en mí es quien hace las obras».
- «Yo no hago nada por mí mismo».
Por lo tanto, en estos momentos:
- La adoración dirigida a Cristo no está aislada del Padre.
- Se transfiere inmediatamente, por así decirlo, a su verdadera fuente.
Por eso, tal reconocimiento no se rechaza: está en consonancia con la verdad.
Una visión unificada
Lo que emerge es una visión teológica profundamente unificada:
- La voluntad del Padre es que escuchemos al Hijo.
- La enseñanza del Hijo es que nos sometamos al Padre.
- La verdadera fe es, por lo tanto, un acto de obediencia, no simplemente una declaración de identidad.
Y así, Mateo 7:21 se convierte no en una advertencia contra la fe insuficiente, sino contra el énfasis mal puesto:
El reino no se alcanza con las palabras correctas,
sino con las que viven en consonancia con la voluntad del Padre,
tal como se revela y se encarna en el Hijo.
Conclusión
Las palabras «Señor, Señor» no se condenan por ser falsas, sino porque pueden ser ciertas en el lenguaje y falsas en la práctica.
Solo cuando surgen del reconocimiento genuino de la obra de Dios —y se unen a la obediencia a la voluntad del Padre— adquieren significado.
En definitiva, la enseñanza de Jesucristo no deja lugar a la separación entre fe y acción:
- Escuchar es seguir.
- Seguir es someterse.
- Y someterse es hacer la voluntad del Padre.
Solo una vida así entra en el reino.