Lo pensarás dos veces antes de tener tanta riqueza.
Con la riqueza que recibes de Dios, recibes la misma obligación de distribuirla. De lo contrario, prepárate para recibir azotes. ¿Quién crees que recibirá menos azotes: un multimillonario que donó 500 millones de su billón, o un millonario que donó 500 mil de su millón? Podrías pensar que el de quinientos millones hizo más cosas buenas: más hospitales, más comida para los indigentes, etc. La...
La parábola del rico insensato se presenta a menudo como una historia sencilla de juicio divino. Un hombre adinerado acumula grandes riquezas, Dios se disgusta y lo condena. Para muchos lectores, el asunto parece resuelto con una sola palabra:
«¡Insensato!»
Se asume que Dios está pronunciando una sentencia.
Sin embargo, esta suposición merece un análisis más profundo.
La parábola del rico insensato se interpreta comúnmente como una advertencia contra la avaricia y la acumulación de riquezas. Si bien esto forma parte de la historia, dicha interpretación suele pasar por alto el contexto que la originó. Jesús no la cuenta de forma aislada, sino en respuesta a una petición muy específica.
Un hombre se acerca a Él y le dice:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo».
Creo en el Señor de la Luz, quien hizo que todas las cosas fueran vistas y conocidas, y en cuya presencia nada se pierde.
Creo que el robo nace de la oscuridad, que el ocultamiento es la raíz de la corrupción, y que el secreto es la sombra del miedo.
Creo que los tesoros de la tierra perecen porque están enterrados en el ocultamiento, donde la polilla y el óxido hacen su trabajo silencioso y las manos de los ladrones encuentran su camino a través del barro.
Cuando Jesús dijo a sus oyentes que no acumularan tesoros en la tierra, «donde la polilla y el óxido corroen, y los ladrones entran a robar», no estaba dando una máxima moral abstracta. Se dirigía a aldeanos comunes y corrientes que vivían en un mundo de posesiones frágiles, paredes de arcilla y noches inquietas. Para comprender correctamente sus palabras, debemos entrar en su marco elemental de experiencia, donde el concepto de «robar» tenía un significado más tangible, casi físico.
La noche era fresca y el pequeño fuego ardía con dificultad.
Los doce yacían dispersos al aire libre, cada uno envuelto en su manto, dormidos tras un largo día de caminata y enseñanza. Solo Judas permanecía despierto.
La bolsa yacía a su lado: una bolsa tosca y remendada con una fina correa de cuero. Desató el nudo y palpó con los dedos el pequeño puñado de monedas. El metal estaba caliente por su tacto, y el sonido, el suave tintineo en la oscuridad, le brindó un extraño consuelo.
Los Evangelios solo nos dan una acusación explícita contra Judas Iscariote antes de su traición: «Era ladrón, pues, como guardaba la bolsa, tomaba lo que se echaba en ella» (Juan 12:6). Esta frase, escrita mucho después de los hechos, ha dado forma a siglos de juicios. Sin embargo, cuando observamos detenidamente el contexto y conciliamos las pistas dispersas, surge una explicación mucho más natural y realista, que revela a Judas como el miembro más práctico, incluso indispensable, del grupo.