La noche anterior al sermón
La noche era fresca y el pequeño fuego ardía con dificultad.
Los doce yacían dispersos al aire libre, cada uno envuelto en su manto, dormidos tras un largo día de caminata y enseñanza. Solo Judas permanecía despierto.
La bolsa yacía a su lado: una bolsa tosca y remendada con una fina correa de cuero. Desató el nudo y palpó con los dedos el pequeño puñado de monedas. El metal estaba caliente por su tacto, y el sonido, el suave tintineo en la oscuridad, le brindó un extraño consuelo.
Mañana, Jesús volvería a hablar —quizás a la multitud junto al lago, quizás en una ladera— y Judas ya sabía lo que sucedería. Cada vez que el Maestro hablaba de dar, los corazones se abrían. Alguien lloraba, alguien traía su última moneda o alguna joya, y Jesús la bendecía; y antes del atardecer, se entregaría de nuevo «a los pobres».
Pero los pobres eran infinitos, pensó Judas. ¿Y qué hay de nosotros?
Pero él, Judas, era quien tenía que pensar en el mañana: comprar pan, regatear con los posaderos, asegurarse de que quedara algo cuando terminara la predicación y la multitud se dispersara.
Metió la mano en la bolsa y sacó tres monedas —las más pequeñas— y las deslizó en el forro de su manto. No era robar, no realmente; era previsión. Cuando Jesús lo repartiera todo al día siguiente, como seguramente haría, al menos quedarían esas pocas monedas para comprar pan o un poco de aceite.
Volvió a atar la bolsa y la colocó a su lado.
El viento avivó el fuego, y una chispa brilló, iluminando los rostros dormidos. Judas los observaba: hombres que habían abandonado sus oficios, sus hogares, sus familias, y que ahora seguían a un hombre que decía que los lirios trabajaban menos y comían mejor que los reyes. Era hermoso. También era imposible.
Susurró en la noche: «Alguien tiene que pensar en la mañana».
Luego se recostó, con la mano sobre las monedas escondidas en su manto. Se dijo a sí mismo que era por todos ellos, también por Jesús.
Pero el leve tintineo del metal sonó, incluso para él, como un sentimiento de culpa.
La mañana siguiente
El sol salió pálido sobre las colinas, y el olor del lago se extendió por el campamento.
Jesús ya estaba despierto, sentado un poco apartado, hablando en voz baja con un grupo de personas que habían llegado temprano: pescadores, madres, algunos niños. Parecían pobres, incluso para los estándares de Galilea: sandalias gastadas, ojos que hablaban de hambre más que cualquier palabra.
Judas se ajustó la capa y palpó las monedas cosidas en el forro.
Apenas había dormido. Cada sonido de la noche parecía acusarlo: el susurro del viento, el crujido de la bolsa, incluso la respiración tranquila de Pedro. Sin embargo, ahora, al ver acercarse a la gente, su determinación se fortaleció.
Sabía lo que se avecinaba.
Ya lo había visto antes.
Cuando se reunieron para comer, Jesús tomó la bolsa. «Los pobres han venido a escuchar», dijo. «Démosles lo que tenemos».
Sus palabras fueron amables, casi casuales.
A Judas se le hizo un nudo en el estómago. Observó cómo los demás asentían, cómo Mateo y Andrés ayudaban a contar las monedas. Eran tan pocas que cabían en una mano. La moneda de la viuda. Dos de un pastorcillo. Una de un hombre que había vendido sus sandalias.
Jesús las repartió todas —hasta la última moneda— en las manos toscas que se extendían con gratitud.
Judas sonrió levemente, como los demás, pero en su interior un cálculo silencioso avanzaba como un reloj.
Cuando la bolsa quedó vacía, Jesús la levantó, la volteó y sonrió.
«Miren», dijo, «quien da, nunca le falta».
La gente murmuró con asombro.
Judas inclinó la cabeza para que nadie viera su rostro.
Más tarde, cuando la multitud se dispersó y los discípulos se quedaron solos de nuevo, comenzó a oírse la primera voz de preocupación.
Pedro miró a Judas. —¿No queda nada en la bolsa, verdad?
—Nada —respondió Judas.
—Entonces, ¿cómo comeremos esta noche?
Judas vaciló. Su mano buscó la costura de su manto, palpando las monedas escondidas. Esperó a que Jesús dijera algo: una promesa, una señal, cualquier cosa. Pero Jesús solo miró hacia las colinas, sereno y silencioso, como si la pregunta no perteneciera a su mundo.
Judas se dio la vuelta, fingiendo arreglar la correa de la bolsa. En silencio, descosió un hilo de su manto y dejó caer las tres monedas en su palma. Las echó en la bolsa y dijo: —Hay suficiente para el pan.
Pedro sonrió, aliviado. —Ah, sabía que quedaría algo.
Los demás asintieron, olvidando ya su preocupación.
Nadie preguntó de dónde había salido el dinero. Nunca se hacía, pues era obvio.
Esa noche, Judas compró pan a un mercader cerca del camino. Él rompió el fuego con los demás, escuchando sus risas mientras la llama se extinguía. Jesús no dijo nada, ni de la bolsa, ni del pan, ni del secreto de Judas. Pero cuando sus miradas se cruzaron a la luz del fuego, Judas sintió que lo habían descubierto por completo.
El Maestro le sonrió, una sonrisa silenciosa y comprensiva.
Y eso, de alguna manera, era peor que ser acusado.
Judas bajó la mirada, arrancó un trozo de pan y pensó: Si la fe alimenta el alma, entonces la razón debe alimentar el cuerpo.
Masticó despacio, intentando no oír el suave tintineo de las monedas que aún resonaba en su mente.