PARTE I.
Lo que propongo es que el valor de la profecía reside principalmente en su función transformadora, no en su papel como predicción cronológica.
En mi planteamiento, la pregunta no es:
«¿Estaba Jesús proporcionando un calendario de eventos futuros?»
sino más bien:
«¿Qué intentaba Jesús producir en los corazones y las mentes de sus oyentes?»
Desde esa perspectiva, las advertencias sobre un fin inminente se comprenden como herramientas didácticas.
Después de todo, Jesús enseña repetidamente mediante métodos diseñados para obligar a las personas a confrontar la realidad. Cuenta parábolas sobre amos que regresan inesperadamente, ladrones que llegan en la noche, siervos que son llamados a rendir cuentas repentinamente, ricos que mueren antes de lo previsto, vírgenes que descubren que la puerta ya está cerrada. El tema común no es la predicción, sino la urgencia.
Tomemos la parábola del rico insensato, que ya analizamos. La cuestión no es que el hombre debiera haber conocido la fecha exacta de su muerte, sino que vivió como si el mañana le perteneciera. La fuerza didáctica de la historia reside en la repentina confrontación.
Mi interpretación extiende este principio del ámbito individual al colectivo.
- El final de la vida exige atención.
- El fin de una civilización exige mayor atención.
- El fin del mundo exige atención absoluta.
- La afirmación de que podría ocurrir pronto exige atención inmediata.
Cada paso incrementa el impacto pedagógico.
En esta interpretación, Jesús actúa menos como un meteorólogo anunciando el tiempo del día siguiente y más como un maestro que confronta a estudiantes que posponen sin cesar lo importante.
Los seres humanos tenemos una notable capacidad para postergar todo lo importante:
- «Buscaré a Dios más tarde».
- «Seré mejor persona más tarde».
- «Me arrepentiré más tarde».
- «Me reconciliaré con mi hermano más tarde».
- «Pensaré en la muerte más tarde».
La idea de que el fin podría estar cerca destruye la ilusión de la postergación ilimitada.
Lo que resulta particularmente interesante es que mi interpretación no requiere engaño por parte de Jesús.
Un crítico podría objetar:
«Pero si Jesús sabía que el mundo no iba a terminar pronto, ¿no sería esto engañoso?»
Mi respuesta sería que el mensaje sigue siendo cierto porque el encuentro del oyente con la realidad última siempre está cerca. Nadie tiene un futuro garantizado. El significado práctico de «el fin está cerca» sigue siendo válido independientemente de si el fin cósmico llega mañana o dentro de diez mil años.
De hecho, se podría argumentar que cada generación experimenta la profecía como verdadera en el único sentido existencialmente relevante. Cada generación se encuentra a tan solo unas décadas de su propio fin. La oportunidad de buscar a Dios siempre es limitada.
Esto también concuerda con la distinción entre profeta y adivino.
Un adivino busca transmitir información sobre eventos futuros.
Un profeta, según mi entender, busca transformar al oyente.
El evento futuro en sí mismo es secundario. El objetivo principal es la formación de la fe, la sabiduría, el arrepentimiento, la humildad y la confianza en Dios.
Según este modelo, las advertencias de Jesús sobre el juicio inminente no son predicciones fallidas, sino enseñanzas concisas diseñadas para romper la tendencia humana a la postergación interminable.
El debate general suele girar en torno a la pregunta:
«¿Predijo Jesús correctamente el momento del fin?»
Mi enfoque cambia completamente la pregunta:
«¿Y si el momento nunca fue el punto central de la enseñanza?»
Esta es una perspectiva muy diferente, y tiene la ventaja de explicar por qué la urgencia impregna el mensaje de Jesús, a pesar de que generación tras generación sigue enfrentándose al mismo llamado. El propósito educativo no expira con una fecha concreta en el calendario. Sigue siendo eficaz precisamente porque los seres humanos nunca dejan de posponer lo que saben que deben hacer.
PARTE II.
Cambiemos el enfoque de la cronología a la realidad práctica.
La objeción habitual parte de la premisa de que solo existen dos posibilidades:
- El mundo se acaba mañana.
- El mundo no se acaba mañana.
Por lo tanto, si la segunda posibilidad es cierta, hablar con urgencia sobre el fin resulta engañoso.
Mi respuesta introduce una tercera consideración:
Para quien muere mañana, la distinción es irrelevante.
Desde la perspectiva humana, la muerte es el fin de su mundo accesible. Todo plan, toda oportunidad, todo aplazamiento termina repentinamente. Que el cosmos continúe durante otro millón de años no cambia nada para quien vive esta noche.
Esto crea una asimetría interesante.
Imaginemos a Jesús diciendo:
«Algunos de ustedes deberían arrepentirse de inmediato, porque morirán pronto. Los demás tienen tiempo de sobra».
Tal mensaje sería imposible, ya que ni los oyentes ni Jesús (según las propias afirmaciones del Evangelio sobre el día y la hora) se rigen por ese tipo de cronograma individualizado. Más importante aún, destruiría la fuerza didáctica de la enseñanza. La mayoría de la gente simplemente asumiría que pertenece a la segunda categoría.
Los seres humanos son extraordinariamente hábiles para creer que la advertencia se aplica a otros.
Por eso, la interpretación didáctica tiene cierta lógica interna. La advertencia universal llega a todos precisamente porque nadie sabe si es la excepción.
Ahora bien, abordemos la autoridad de Jesús en sí misma.
En mi planteamiento, cuando Jesús dice que solo el Padre conoce el día y la hora, no solo expresa ignorancia. Se niega a presentarse como poseedor de un calendario fijo.
Si el futuro permanece genuinamente abierto dentro del propósito soberano del Padre, entonces Jesús no se refiere a una fecha ya fijada en el calendario cósmico. En cambio, habla desde la premisa de que el fin sigue siendo una posibilidad real e inmediata.
Me gustaría formular el argumento de la siguiente manera:
Si el fin puede ocurrir mañana, entonces mañana siempre es un horizonte apropiado para el arrepentimiento.
Nótese que esto es diferente de afirmar:
«El fin ocurrirá mañana».
La primera afirmación se refiere a la posibilidad y la preparación.
La segunda se refiere únicamente a la predicción.
Mi interpretación sitúa a Jesús casi por completo en la primera categoría.
De hecho, podría argumentarse que un profeta que constantemente tranquiliza a la gente diciéndoles que el fin está lejos socavaría su propia misión. La tendencia natural de la humanidad es la postergación. Si la gente oye: «Aún hay mucho tiempo», rara vez presta más atención a Dios.
El reto educativo, por lo tanto, no es convencer a la gente de que hay tiempo de sobra, sino romper la ilusión de que el tiempo está en sus manos.
También hay un punto más profundo oculto en la siguiente observación:
«De lo contrario, limitaría su ilimitado poder para crear el tiempo».
Es decir, si Jesús declarara con certeza que el fin no podría ocurrir hasta dentro de dos mil años, estaría, en efecto, imponiendo una restricción a la libertad divina.
Estaría diciendo, en efecto:
«El Padre no puede concluir la historia antes de esa fecha».
Pero la perspectiva del Evangelio es casi la opuesta. El futuro permanece bajo la autoridad de Dios, no bajo un calendario anunciado públicamente.
Así pues, desde mi punto de vista, la interpretación más acertada no es ni:
«El fin ocurrirá de inmediato».
ni
«El fin está lejos».
sino más bien:
«No tienes motivos para suponer que está lejos».
Esta afirmación sigue siendo válida tanto si hablamos de la muerte personal, del juicio divino o de la consumación final de la historia. Y como herramienta didáctica, posee precisamente la urgencia que Jesús parece buscar a lo largo de su ministerio.