Pedíamos muy poco.
Hierba, agua, un lugar seco para cuando lloviera. Un poco de sombra en verano. Espacio suficiente para que los corderos corrieran antes de volverse sensatos.
Había hierba de sobra. Eso era precisamente lo que hacía que todo resultara tan difícil de comprender.
«¿Por qué no pueden comérsela?», le pregunté al Creador. «Mira estas colinas. Ni aunque pastáramos durante toda nuestra vida lograríamos acabárnosla».
Me refería a los lobos.