Hermanos y hermanas,
Hemos malinterpretado el sufrimiento.
Hemos construido toda una teología sobre una premisa falsa: la premisa de que Dios está en otro lugar.
Lo imaginamos distante. Observando. Esperando. Decidiendo si intervenir. Suponemos que si clamamos más fuerte, nos sacrificamos más, nos intensificamos lo suficiente, tal vez Él intervendrá.
Pero ¿y si esa suposición es la raíz misma de nuestra miseria?
¿Y si Dios nunca estuvo ausente?