La visión en el camino a Damasco es uno de los momentos más profundos de la historia sagrada. En ella, Jesús habla desde la gloria del cielo a un hombre que cree estar defendiendo el honor de Dios. «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9:4).
La tradición interpreta esto como que Jesús se identifica con sus seguidores, es decir, que perseguirlos es perseguirlo a Él. Sin embargo, esta explicación no agota el misterio. La persecución de Saulo no estaba dirigida a un mero grupo social, sino que era una guerra contra una paradoja divina que no podía soportar: que el Mesías de Israel hubiera sido crucificado.
1. La fe y la división interior de Saulo
Saulo no era un infiel. Era un monoteísta ferviente, imbuido de la Ley, ardiente por la santidad del Dios único. Creía sinceramente que la nueva secta que predicaba a «Jesús el Nazareno» profanaba esa santidad. Pero bajo ese fervor se escondía un sutil tormento. Cuanto más oía que el Crucificado estaba vivo, más le impactaba algo en su interior: un miedo no reconocido a que pudiera ser cierto.
Persiguió a los cristianos para reprimir esa voz dentro de sí mismo. Cada creyente que arrastraba a la cárcel era un espejo que reflejaba la posibilidad que no podía permitir: que el Todopoderoso se hubiera revelado como debilidad, que la majestad divina se hubiera manifestado en carne sufriente. La violencia de Saulo era, por tanto, la proyección exterior de una crucifixión interior.
2. El significado de «yo»
Cuando el Cristo resucitado se enfrenta a él, la pregunta traspasa todas las capas externas de la acción. No significa simplemente «¿Por qué haces daño a mis discípulos?», sino más bien «¿Por qué persigues la revelación de mí mismo dentro de ti?».
Jesús, entronizado en la gloria, no puede ser perseguido físicamente. Sin embargo, puede ser resistido en el corazón que niega su imagen, la imagen del amor que se vacía de sí mismo. Perseguir esa imagen es perseguirlo a él personalmente, porque él es esa imagen. El «yo» no se refiere a un grupo, sino al modo divino de ser que Saulo estaba suprimiendo. Cristo está diciendo, en esencia:
«¿Por qué luchas contra la humildad de Dios que ya ha comenzado a despertar en ti?».
3. La revelación de la paradoja divina
La luz que ciega a Saulo no es simplemente brillo; es una verdad demasiado grande para sus ojos actuales. En un instante, ve que el despreciado y crucificado Jesús está entronizado en esplendor celestial. El Dios de infinita majestad y el Hombre de absoluta humildad son uno y el mismo.
Esto derrumba toda su teología. La gloria que adoraba y la vergüenza que aborrecía se unen en una sola Persona. El más pequeño se ha convertido en el más grande.
El mundo del perseguidor se hace añicos, pues se da cuenta de que cada golpe que asestó fue un intento de extinguir el resplandor que ahora lo abruma.
4. La transformación
La ceguera de Saulo en el camino es simbólica: los ojos entrenados en el triunfo exterior aún no pueden contemplar la gloria de la mansedumbre divina. Cuando recupera la vista en Damasco, ve de manera diferente. Lo que antes despreciaba —el Mesías sufriente— ahora lo reconoce como el Logos eterno, «la imagen del Dios invisible».
De este encuentro surge el apóstol Pablo, que predicará para siempre que «la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres». El perseguidor de la humildad se convierte en su heraldo. El hombre que luchó contra la idea de que el más pequeño pudiera ser el Señor se convierte en la voz a través de la cual esa verdad resuena en las naciones.
5. El significado perpetuo
«¿Por qué me persigues?» se pregunta de nuevo en cada generación. Es la reprimenda divina dirigida a cualquier alma que se resiste al imperio del amor, que desprecia la mansedumbre, que no puede creer que la mayor gloria de Dios reside en la misericordia.
Cada vez que suprimimos la imagen interior de Cristo en favor del orgullo, cada vez que perseguimos a los pequeños —tanto a nuestro alrededor como dentro de nosotros— repetimos la guerra de Saulo contra la humildad de Dios.
Y, sin embargo, al igual que con Saulo, esta pregunta no es una condena, sino una invitación: el Señor de infinita majestad sigue inclinándose para enfrentarse a nuestra resistencia, para transformar la persecución en proclamación y para convertir la ceguera en visión.
Cuanto más pequeño se hace, más grande parece su majestad.
Cuanto más profundo es su descenso, más alto es su trono.