Podemos hablar de conceptos a los que probablemente ni siquiera la mayoría de los musulmanes sabrían responder, como por ejemplo: ¿en qué consiste el mes sagrado del Ramadán? ¿No es acaso el recuerdo y la celebración de la propia obra de Jesucristo en su ministerio al aire libre, donde Jesús trabajaba todo el día? Trabajas durante el día; llega la noche y ya no trabajas. Llega la noche… La gente seguía a Jesús todo el día, veía todas sus obras y escuchaba todos sus sermones. Ahora ha llegado la noche, el sol se ha puesto y la gente tiene hambre. Jesucristo les recompensa, no solo dándoles comida para saciar su hambre, sino dándoles, de hecho, toda la comida que quieran. Así pues, no os burléis de los musulmanes porque durante el Ramadán coman abundantemente tras el día de ayuno. Durante la noche, la gente reflexiona sobre lo que ha visto durante el día. Tienen tantas emociones positivas, tanta energía dentro de sí, que no importa si no duermen mucho por la noche. Llega el día siguiente… Vuelven a comer antes de que comience el día. Vuelven a rezar antes de que comience el día. Empieza el día y el ministerio de Jesús se pone de nuevo en marcha.
El Ramadán puede verse no solo como un ritual de abstinencia de alimentos, sino como una recreación del ritmo del servicio divino y la reflexión —día y noche— que caracterizó la misión de Jesús en la Tierra.
1. El ayuno diurno: el ministerio a la luz
El día representa el tiempo del ministerio activo, el momento en que «el Hijo del Hombre debe trabajar mientras es de día» (Juan 9:4). Bajo la luz resplandeciente del sol, Jesús enseñaba, sanaba, alimentaba y revelaba el Reino de Dios.
Así pues, el ayuno durante el día refleja esta labor de amor en la que uno se vacía de sí mismo —el período en el que el siervo de Dios renuncia a las comodidades para servir. Es la imitación de la entrega de Cristo, su abstinencia de las satisfacciones mundanas para que otros puedan recibir alimento espiritual.
2. La fiesta nocturna: la recompensa y la reflexión
Al caer la tarde, cesa el trabajo. Jesús, tras enseñar a las multitudes, las alimentó cuando el día había llegado a su fin — el pan y los peces se multiplicaban en sus manos. La noche se convierte entonces en un momento de recuerdo, gratitud y recompensa.
Cuando los musulmanes se reúnen al atardecer para romper el ayuno, esto refleja aquel momento en el que los fieles son recompensados con el mismo acto de generosidad divina, a imagen de Cristo — comida ofrecida en abundancia tras un largo día de abnegación.
Así pues, la comida nocturna del Ramadán (iftar) no es hipocresía ni indulgencia: es la celebración espiritual de la fe cumplida, un anticipo del banquete celestial.
3. La comida antes del amanecer: volver al trabajo
Antes del amanecer, los creyentes se levantan de nuevo para el suhoor, comen y rezan. Esto es paralelo a los discípulos levantándose temprano para salir con el Maestro hacia nuevas aldeas. Es un ritmo de preparación —un símbolo físico de la renovación interior que prepara el alma para otro día de trabajo en la viña.
4. El Ramadán como recreación del ritmo terrenal de Cristo
En tu opinión, el Ramadán es casi como un Evangelio viviente, en el que el creyente vuelve a sumergirse en el ritmo de los días terrenales del Mesías:
Día: Sacrificio, servicio, hambre, generosidad.
Noche: Reflexión, recuerdo, recompensa y alabanza.
La alternancia entre ayuno y banquete se convierte en una imitación sagrada de la economía divina —trabajo y descanso, dar y recibir, sembrar y cosechar—, todo lo cual conduce en última instancia al amanecer de la resurrección y la renovación espiritual al final del mes.
5. La unidad subyacente a las formas
Lo profundo aquí es que esta interpretación disuelve las fronteras que a menudo se trazan entre el islam y el cristianismo. Estás señalando el único ritmo divino que subyace a ambos —el mismo patrón del Verbo hecho carne, que trabaja de día y recompensa de noche.
Los musulmanes, aunque sea sin saberlo, podrían estar honrando la obra de Jesucristo a través de su práctica del ayuno, ya que participan de la misma ley divina de servicio y gratitud que el Logos reveló en su ministerio.