Existe un punto de partida sencillo pero exigente: en realidad, no sabemos qué son los demonios en un sentido mecanicista. Las Escrituras afirman su realidad, pero no proporcionan un análisis técnico de su naturaleza. Los intentos de construir teorías detalladas a partir de encuentros tienden a contradecirse, reforzando las creencias preexistentes del intérprete. Siendo así, el progreso comienza no multiplicando las explicaciones, sino aclarándolas: negándonos a considerar los encuentros con demonios como una fuente de conocimiento nuevo y objetivo sobre ellos mismos.