Resumen
Este artículo sostiene que una corriente dominante del cristianismo contemporáneo se basa en una ontología implícitamente materialista que contradice las enseñanzas y la práctica de Jesús de Nazaret. Aunque afirma verbalmente la trascendencia, esta teología sitúa la causalidad, la agencia y la transformación principalmente en los procesos materiales, el esfuerzo moral, la mediación institucional y el desarrollo espiritual lineal. Frente a este marco, los Evangelios —y sus aclaraciones coránicas— presentan la fe como un modo imaginativo e infantil de participación en la realidad divina, en el que la comprensión interior precede y hace posible la manifestación exterior. Este artículo propone que la imaginación no es algo accesorio a la fe, sino su núcleo operativo, y que el Reino de los Cielos funciona según leyes fundamentalmente incompatibles con los supuestos materialistas.
I. Definición del cristianismo materialista
El cristianismo materialista no niega a Dios de forma explícita. Más bien, reubica la acción divina en marcos regidos por la causalidad material.
Entre sus rasgos definitorios se incluyen:
- Progresión espiritual lineal
El crecimiento se concibe como acumulación: más conocimiento, más disciplina, más competencia moral. - Trascendencia diferida
El Reino se pospone hasta la vida después de la muerte o se abstrae en forma de metáfora, dejando que la realidad presente se rija por la causalidad ordinaria. - Fe instrumental
La fe se convierte en asentimiento a proposiciones o confianza en instituciones, en lugar de un modo transformador de percepción. - Supresión de la imaginación
La imaginación se considera infantil, subjetiva o peligrosa: útil para la ilustración, pero no para la ontología.
El resultado es un cristianismo que cree en los milagros pero no espera ninguno, afirma el cielo pero vive como si la realidad fuera cerrada, y venera a Jesús mientras neutraliza silenciosamente su epistemología.
II. El concepto de fe de Jesús como imaginación ontológica
Cuando Jesús pregunta: «¿Crees que puedo hacer esto?», no está solicitando una afirmación doctrinal. La pregunta opera en un nivel preracional.
La estructura de la pregunta revela tres indagaciones simultáneas:
- ¿Admite tu mundo interior este resultado como posible?
- ¿Está tu imaginación limitada por las condiciones actuales?
- ¿Puedes habitar una realidad aún no visible?
En el uso evangélico, la fe (πίστις) no funciona principalmente como creencia acerca de algo, sino como participación en una realidad que aún no se ha materializado.
Por eso Jesús vincula repetidamente los resultados con la fe:
- «Según tu fe se te hará»
- «Tu fe te ha sanado»
- «Todo es posible para quien cree»
Estas afirmaciones resultan incomprensibles desde una ontología materialista, pero son coherentes desde una ontología imaginativa y participativa, en la que la realidad se despliega desde la aprehensión interior hacia el exterior.
III. Los niños como autoridades epistemológicas
La exaltación de los niños por parte de Jesús no es sentimentalismo moral, sino una inversión epistemológica.
Los niños:
- Animan los objetos sin esfuerzo
- No distinguen claramente entre el mundo interior y el exterior
- Experimentan la imaginación como generadora de mundos, más que como algo ficticio
En una cosmovisión materialista, esto es inmadurez.
En la cosmovisión de Jesús, es la ciudadanía innata en el Reino.
«A menos que os hagáis como los niños» no es, por tanto, un consejo ético, sino una exigencia ontológica: hay que recuperar la permeabilidad imaginativa que permite recibir la realidad divina.
El cristianismo materialista, por el contrario, aleja a los creyentes de este modo de ser.
IV. La aclaración coránica: imaginación sin autonomía
Los relatos coránicos sobre el niño Jesús —que habla desde la cuna y da vida a pájaros de arcilla con el permiso de Dios— funcionan como aclaraciones teológicas, no como cristologías competitivas.
Establecen tres puntos cruciales:
- La acción divina no requiere madurez cognitiva
- El poder creativo opera con mayor plenitud allí donde no hay autosuficiencia
- La imaginación alineada con Dios se vuelve causalmente efectiva
La insistencia en el «permiso» no menoscaba a Jesús; sino que protege la ontología de la dependencia. La imaginación de Jesús no es una fantasía autónoma, sino una participación transparente en la voluntad divina.
El cristianismo materialista encuentra esto inquietante porque derrumba la frontera entre la visión interior y la realidad exterior sin recurrir a la técnica, al mérito o a la autoridad.
V. El cielo y el infierno como resultados ontológicos
Según la enseñanza de Jesús, el cielo y el infierno no son meros destinos judiciales, sino modos de ser plenamente realizados.
- Cielo: dependencia completa, participación imaginativa sin restricciones en la realidad de Dios
- Infierno: autosuficiencia radical, cierre imaginativo, aislamiento dentro de uno mismo
El cristianismo materialista redefine el cielo como una recompensa y el infierno como un castigo, oscureciendo así su lógica existencial.
Sin embargo, Jesús asocia repetidamente la condenación con:
- La autojustificación
- La confianza en la propia rectitud
- El rechazo del reino divino
El infierno es, por tanto, el punto final lógico de una ontología materialista.
VI. La cruz como colapso del poder materialista
La crucifixión resulta incomprensible desde los supuestos materialistas.
Si el poder deriva del control, el dominio o la fuerza moral, la cruz es derrota.
Si el poder deriva de la dependencia radical, la cruz es revelación.
El acto final de Jesús no es una afirmación, sino una entrega:
«En tus manos encomiendo mi espíritu».
Este es el acto imaginativo definitivo: renunciar a toda la realidad visible mientras se considera más real una realidad invisible.
El cristianismo materialista venera la cruz simbólicamente, al tiempo que se resiste a su epistemología.
VII. Conclusión: Una elección de ontologías
El cristianismo no puede permanecer neutral entre dos marcos incompatibles:
- Cristianismo materialista
- La fe como creencia
- El crecimiento como acumulación
- La imaginación como ilusión
- El poder como control
- Cristianismo del Reino
- La fe como imaginación
- El crecimiento como despojo
- La imaginación como participación
- El poder como dependencia
Jesús pertenece inequívocamente al segundo.
Seguirle no es mejorarse espiritualmente, sino reaprender cómo funciona la realidad.
El Reino de los Cielos no obedece a la causalidad material.
Responde a la imaginación purificada de la autosuficiencia.
Y por eso, al final,
los niños gobiernan el Reino.