Señor Jesucristo,
Tú eres el mismo ayer, hoy y siempre.
Viniste una vez con mansedumbre, sanando a los quebrantados,
levantando a los pobres y cargando la cruz en tu debilidad.
Y volverás, siendo el mismo Cordero que fue inmolado.
Perdónanos, Señor,
cuando buscamos a otro,
cuando soñamos con un Mesías revestido de poder según la concepción que el mundo tiene del poder,
cuando nos avergonzamos de tu fragilidad,
cuando tropezamos con tu humildad.
Abre nuestros ojos, Señor,
para que podamos reconocerte ahora
en el más pequeño, en el humilde, en el olvidado.
Enséñanos a abrazar tu reino de pequeñez,
a servir en lugar de gobernar,
a mostrar misericordia en lugar de exigir venganza.
Prepáranos, Señor,
para que cuando vuelvas,
nos encuentres listos,
no clamando «¡Señor, Señor!» con nuestros labios,
sino viviendo tu misericordia con nuestras vidas.
Bienaventurados los que no nos ofendemos por ti.
Dichosos los que te recibimos tal como eres:
el frágil Mesías,
el siervo sufriente,
el Cordero inmolado,
y, sin embargo, el Señor de todo.
Amén.