Señor de las llegadas silenciosas,
No llamas con estruendo,
sino que respiras suavemente al borde de mis pensamientos.
No abres los cielos,
sino que abres la más pequeña habitación del corazón,
donde la quietud se convierte en tu trono.
Te he buscado en el trueno y el triunfo,
pero vienes en el silencio de la comprensión,
en la valentía de perdonar,
en la pequeña misericordia que nadie ve.
Enséñame a esperar no una señal en el cielo,
sino el despertar en mi interior,
cuando el amor vuelve a fluir.
Si tu venida depende de mi bienvenida,
que cada aliento diga: Ven.
Que cada silencio prepare un pesebre para tu paz.
Que cada pensamiento se limpie
para la luz que ya está a la puerta.
No pido saber la hora,
solo permanecer despierto cuando pases.
Que esté entre quienes te reconocen,
no porque brillaste,
sino porque amaste.
Estás más cerca que mi pulso,
más suave que mis palabras,
y aun así te olvido.
Pero en este momento de quietud,
que el olvido termine.
Vuelve, Señor,
no desde lejos,
sino desde dentro.
Amén.