1. La precisión narrativa de Lucas 23:34
En el Evangelio de Lucas, la oración de Jesús —«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»— se presenta con una precisión narrativa sorprendente. No aparece como un pronunciamiento teológico aislado, sino en conjunción inmediata con una acción concreta: los soldados romanos reparten las vestiduras de Jesús echando suertes.
La narración de Lucas no se desvía del acontecimiento a la abstracción. Constantemente asocia la oración con circunstancias específicas, no con estados morales generalizados. La proximidad entre la oración y la acción es, por lo tanto, una guía interpretativa, no una coincidencia. La intercesión de Jesús responde a lo que sucede en ese momento, no a la crucifixión en su totalidad.
Esta observación ya desestabiliza la suposición común de que Jesús está otorgando un perdón universal para todos los involucrados en su muerte. Lucas no da tal indicación. En cambio, presenta una oración que interviene en una transgresión particular que se desarrolla ante los ojos de Jesús.
2. Dividir las vestiduras como robo, no como procedimiento de ejecución
El acto de dividir las vestiduras del condenado en vida no es obligatorio en el derecho romano ni compatible con la ley judía. Los procedimientos de ejecución permitían la custodia, la restricción y la muerte, pero no autorizaban la apropiación oportunista de las pertenencias de una persona viva.
Lo que hacen los soldados no es una ejecución, sino un robo.
Despojar a un hombre de sus vestiduras mientras permanece vivo, indefenso e incapaz de resistir es un acto criminal por definición. Refleja con precisión el comportamiento de los mismos lēstai (ladrones armados o bandidos), a quienes la crucifixión pretendía castigar. La ironía es aguda: quienes eran designados para ejecutar a los ladrones se convertían momentáneamente en ladrones.
Incluso si las vestiduras se hubieran reclamado después de la muerte, la tradición jurídica judía seguiría considerando moralmente inadmisible el despojo del ejecutado. Pero los soldados actúan antes de la muerte, convirtiendo la custodia en botín. Esto sitúa su comportamiento fuera del marco legal y moral que, de otro modo, protegería a los verdugos en el cumplimiento de su deber.
Un factor de gravedad adicional reside en el método mediante el cual los soldados se apropiaron de las vestiduras de Jesús: el sorteo. En el mundo antiguo, y en particular en la imaginación bíblica, el sorteo no era un juego de azar neutral, sino un medio reconocido para buscar o invocar la determinación divina (se eligió a un apóstol para reemplazar a Judas Iscariote mediante el sorteo). Funcionaba como un mecanismo ritualizado mediante el cual los bienes en disputa podían distribuirse bajo el supuesto arbitraje —o incluso la bendición— de Dios. Esto es especialmente significativo en el caso de la túnica, que no podía dividirse sin destruirla. En lugar de abstenerse de un acto injusto, los soldados intentaron legalizar el botín sometiéndolo a un procedimiento que invoca simbólicamente el juicio divino. Al hacerlo, no solo despojaron a un hombre vivo de su vestidura, sino que se apropiaron de una práctica sagrada para santificar el robo, presentando implícitamente a Dios como garante de su ganancia. Esto transforma el acto de un mero robo oportunista en una transgresión explícita contra Dios mismo, comparable a poner el nombre de Dios sobre la injusticia. Es precisamente esta ceguera agravada —violencia disfrazada de legitimidad ritual— la que requiere la intercesión de Jesús.
Así, a diferencia de la crucifixión misma —que procede según la ley y bajo la debida autoridad—, este acto incurre en una culpabilidad genuina.
3. Por qué es necesario el perdón aquí y en ningún otro lugar
Esta distinción explica por qué Jesús ora aquí y no en otro lugar.
Jesús no pide perdón al Padre:
- el arresto,
- el juicio,
- la sentencia,
- ni la ejecución.
Esos actos, por trágicos que sean, se desarrollan dentro de los marcos legales establecidos. Jesús mismo guarda silencio ante las autoridades y no ofrece defensa alguna, aceptando así la clasificación jurídica que se le impone. No cuestiona la legalidad; por lo tanto, no atribuye culpabilidad.
Pero cuando los soldados pasan de la ejecución al robo, la situación cambia. Se apartan de la autoridad legítima y recurren a la espada para obtener ganancias. En ese momento, el perdón se hace necesario, no por la crucifixión, sino por la transgresión.
De ahí la oración.
4. “No saben lo que hacen”: ignorancia de la transgresión, no ignorancia de la identidad
La explicación de Jesús —“No saben lo que hacen”— suele interpretarse como una afirmación de que los soldados desconocen a quién están crucificando. Pero en este contexto, la ignorancia es más precisa y severa.
No saben que, al tomar la espada para beneficio propio, se han convertido en aquello que están llamados a castigar.
Saben cómo ejecutar.
No saben que ahora están actuando como transgresores contra Dios.
Esto pone de relieve la conocida máxima que el propio Jesús formuló anteriormente: “Todos los que toman la espada, a espada perecerán”. Este principio no es meramente político, sino teológico. Confiar en la espada como instrumento de autoafirmación nos somete al juicio divino.
En el momento de echar suertes, los soldados dejan de funcionar como agentes neutrales del Estado y comienzan a actuar como personas de la espada: no como ejecutores de la justicia, sino como usurpadores armados. No perciben esta transición. De ahí la intercesión de Jesús.
5. Isaías 53:12 y la identidad de los “transgresores”
La lógica de esta escena resuena fuertemente con Isaías 53:12:
“Derramó su vida hasta la muerte y fue contado con los transgresores;
sin embargo, llevó el pecado de muchos e intercedió por los transgresores”.
Un matiz crucial que a menudo se pasa por alto es que Jesús no intercede por los dos hombres crucificados junto a él. Ya se les identifica como transgresores bajo la ley. Su destino sigue la lógica que ellos mismos adoptaron.
En cambio, Jesús intercede por aquellos que no se dan cuenta de que han caído en la transgresión.
Al retener dos espadas previamente, Jesús mismo ya había entrado en la categoría formal de transgresor, no solo contra Roma, sino técnicamente contra Dios bajo el mismo principio de la “espada”. Acepta esta clasificación consciente y silenciosamente.
Los soldados, en cambio, caen en la transgresión sin darse cuenta. Usan la espada para robar, creyéndose protegidos por su cargo y autoridad. Esa ignorancia, no la crucifixión, es lo que motiva la oración de Jesús.
6. Una intervención específica, no una absolución total
La oración de Jesús, por lo tanto, no es sentimental ni global. Es quirúrgica.
No exime de responsabilidad donde no existe culpa.
No perdona donde no se ha acumulado culpa.
Interviene precisamente donde:
- se ha excedido la autoridad legítima,
- la transgresión ha comenzado silenciosamente,
- y los propios autores no perciben el peligro.
La oración detiene las consecuencias morales de un acto específico que, de otro modo, traería juicio sobre quienes lo cometen.
Conclusión
Lucas 23:34 no presenta a Jesús perdonando la crucifixión en general. Lo presenta intercediendo en un momento en que los verdugos, sin saberlo, se convierten en transgresores.
La crucifixión se lleva a cabo sin acusación.
El proceso legal se mantiene sin oposición.
No se atribuye culpa cuando el deber se cumple fielmente.
Pero cuando la autoridad armada se convierte en apropiación armada —cuando la espada se usa no para justicia sino para lucro— Jesús interviene, no para excusar el acto, sino para prevenir sus consecuencias.
Desde esta perspectiva, la oración «No saben lo que hacen» no es una absolución general de la historia, sino un acto preciso de misericordia destinado a impedir que la culpa se forme donde no debería formarse.
Esta precisión no disminuye el amor de Jesús. Revela su profundidad.