La advertencia del Señor sobre guerras, terremotos y hambrunas nunca fue un calendario de terror, sino un retrato de la condición humana.
Estos sucesos ocurren en todas las épocas porque todas viven al borde de la revelación.
El mundo siempre tiembla, y en cada temblor, Cristo puede estar ya cerca.
Las «señales» no son alarmas de su demora, sino invitaciones a percibir su presencia en medio del temblor: los estremecimientos de la conciencia, el anhelo de misericordia, las tormentas del miedo.
Cada colapso de la certeza es otro dolor de parto del Reino, cada momento de compasión una llegada silenciosa.
El fin no es una fecha, sino una puerta: el instante en que un corazón ve santidad donde el mundo solo ve caos.
Por lo tanto, la Segunda Venida no está lejos, porque el mundo nunca deja de temblar, y Él nunca deja de venir.