Comencemos con un hombre que realmente decía lo que pensaba. El apóstol Pedro no hablaba a la ligera cuando le dijo a Jesús que lo seguiría incluso hasta la muerte. No había nada vacío en esas palabras. No provenían solo del orgullo, ni del deseo de impresionar, sino de una convicción profunda e inquebrantable. Pedro había caminado con Jesús, había visto lo que otros no habían visto y había llegado a una certeza que transformó todo su ser. Cuando dijo que lo seguiría, habló desde esa certeza.
Y, sin embargo, esa misma noche, ese mismo hombre diría: «No lo conozco».